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Viajar aquí al lado: el turismo por España que es también un viaje al pasado.

23 Octubre 2020 | Eva Olaya

-Mónica Mira-

Poco más de noventa kilómetros separan el lugar en el que resido de Peñíscola. A lo largo de mi vida habré visitado este pueblo de la provincia de Castellón tan turístico y cinematográfico un puñado de veces. Tengo suficiente con los dedos de las dos manos para enumerarlas, sin embargo la vinculación emocional que guardo de cada una de ellas ha dado sentido a infinidad de historias en mi cabeza —algunas ya en papel—, y es la base de una conexión emocional que me ha perseguido hasta el día de hoy.

La memoria es curiosa. Una puede tener un amplio catálogo de experiencias almacenadas pero, al menos en mi caso, las imágenes que ahora regresan de forma más recurrente tienen que ver con pálpitos de cercanía. En estos tiempos de distancias, de limitaciones, de muros invisibles infranqueables, cuando he cerrado los ojos he vuelto a oler y oír el mar que me ha visto crecer, todos esos lugares que conocí cuando lo de cruzar fronteras era solo un sueño y que en algún momento cedieron su puesto en la lista de destinos porque lo próximo parece siempre al alcance y por tanto es aplazable.

Suele ser siempre así. Para forjar esos sueños de libertad, porque de eso se trata cuando viajamos, lanzamos la mirada al horizonte, esa línea que nos gustaría alcanzar, que siempre va un paso por delante. Al planificar un viaje la mayoría de las veces hay mucho de eso, de alcanzar ese punto lejano, distinto, exótico… Para entender el mundo hay que conocerlo, sin duda. ¡Y qué fascinante es hacerlo! Pero para conocerse y conocer no hace falta marcar sellos en pasaportes, solo es necesario detenerse a descubrir cuanto hay en esos sitios a los que no solemos mirar de la misma manera.


No hace mucho volví a Peñíscola. El mismo mar, las mismas calles, el mismo olor… Pero parecía dormida. Y en ese descanso tras los días de bullicio de miles y miles de visitantes, descubrí otro pueblo. Idéntico, pero completamente diferente. Recuerdo el sonido de la noche, más temprana en esa época del año. Paseé sobre una arena intacta salvo por las sutiles marcas dejadas por las gaviotas que no entienden de temporadas. Entre el romper de las olas escuché mi respiración y pensé en todos los que la han conocido y la conocerán, pero no lo harán de ese modo.

Así me gusta a mí viajar. Da igual el destino. Aunque con el tiempo he aprendido a apreciar esa vida que me ofrecen los lugares que me hablan en mi mismo idioma, y no me refiero solo a la literalidad de la expresión. Ahora presto atención a los rincones, familiares o inéditos, y encuentro belleza en una barra de pan de un horno tradicional, en un refresco en la plaza de ese pueblo tantas veces mencionado pero en el fondo tan distante pues todo queda lejos si nos quedamos en la superficie. Tengo grabado en la mente el trazado serpenteante de Morella, la impresionante sencillez de Mirambel, los paseos por el casco histórico de València convertidos casi en una fiesta familiar, la paz compacta y encalada de Aín o las casas convertidas en un museo inacabado en Fanzara…

Todos lugares que visité en la infancia y que no he podido olvidar, por lo que he vuelto en cuanto he tenido la oportunidad, o que he visitado ya de adulta entre la incredulidad y el apuro de haber postergado el encuentro solo porque estaba ahí, tan cerca, tan fácil…

Me gustaría sentirme diminuta en Manhattan, navegar por los fiordos noruegos, ver con mis propios ojos las inmensidades australes. Pero mientras el destino cavila sobre si marcaré o no esa muesca en mi bagaje peregrino, iré dando esa vuelta de 360º por este mundo pequeño, solo en apariencia, que me rodea y que puedo rozar con la punta de los dedos a poco que estire el brazo.

Y tú, que lees mis palabras llenas de impresiones incuestionables pues esgrimen los argumentos que componen experiencias vividas con los cinco sentidos, ¡vuelve a esos lugares con tu imaginación! Acércate a esos destinos que no necesitan de aviones, ni todo incluido, y que solo prometen ser ellos mismos. Quizás es ahora el momento o quizás el momento ha sido siempre pero hasta ahora no nos habíamos dado cuenta.

Mònica Mira es periodista, activista cultural, madre y autora de Me cuesta tanto olvidarte  y Donde la vida nos lleve, dos novelas que nos hablan de la magia de lo cotidiano. 



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