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¿Se puede amar a la bestia?

12 Mayo 2021 | Eva Olaya

Por Nohelia Alfonso, autora de Amar a la bestia


Creemos en el poder transformador del amor. Creemos que por amar mucho podemos cambiar a los que nos dañan, podemos lograr que dejen de hacernos sufrir, podemos conseguir que nos amen. No es cierto. Si amas a la bestia —y no me refiero únicamente al amor romántico—, por muy puro que sea ese amor, su naturaleza es desgarrarte. Y es tan difícil verla como realmente es… aceptar que está completamente incapacitada para devolverte lo mismo, que no sabe querer, y que tú no puedes enseñarle ni salvarla… que pueden pasar años hasta que finalmente decides alejarte, que es lo que harías de inmediato ante un león que viene hacia ti en mitad de la sabana: huir.

Con las bestias humanas no es tan sencillo, porque no solo dan dentelladas y zarpazos, no. A veces se dejan acariciar, te protegen, buscan refugio en tu calor, y hasta parecen haberse domesticado. Olvidamos incluso —o desconocemos— que estamos tratando con un ser salvaje hasta que es demasiado tarde. Siempre va a parecer que ha cambiado, que le has hecho cambiar, pero insisto: no es posible, la bestia es la bestia, queridas bellas. 

Lo que ocurre es que la mayoría de las veces llegan a nuestra vida camufladas, o ya están en ella disfrazadas de tierna gacela, pues han aprendido que mostrar su verdadera naturaleza produce rechazo, que hay que esconderse hasta que la presa está lo suficientemente cerca. Y no se muestran depredadores con todas las gacelas —de hecho, suelen ser muy apreciados en su mundo—, buscan a la más débil cuando está en soledad, localizan de forma instintiva a la gacela auténtica. Y aunque creamos que estamos alerta, y que sabemos distinguir a los leones, no es tan sencillo. Aprendieron a depredar hace tiempo, y lo llevan a cabo a bocados pequeños que hacen pasar por «errores», por «últimas veces», por «malinterpretaciones», o por «no poder evitarlo». Además, nos hacen sentir responsables de su maltrato: si seguimos ahí, entonces será que no sufrimos realmente; si no lo paramos —aunque lo cierto es que llega un punto en el que no puedes pararlo—, será que nos gusta. ¿No será que somos demasiado sensibles? ¿No estaremos exagerando?

Las gacelas

El problema es que los individuos altamente empáticos (las «tiernas gacelas» somos capaces de entender a la bestia, de identificar de dónde viene esa incapacidad para querer, de justificar —y esto sí que es peligroso— su comportamiento, sus desvalorizaciones, de sentir lástima y querer ayudarlos, de mostrarles el camino (y ahí reside, precisamente, nuestra debilidad). A veces la bestia se confiesa bestia y dice que es así. Y nos compadecemos, y tratamos de ayudarla, de buscar su lado bueno y olvidar el malo, el horrible, el devastador. Queremos que coma ensalada cuando es evidente que es carnívora. Queremos pedirle amor y respeto, que es lo mismo que querer agua al pozo seco. Los empáticos tenemos una disposición para el perdón fuera de lo común, y eso, en principio, debería ser enormemente valorado por las bestias. Pero ellas están genéticamente programadas para sacar provecho de esta flaqueza, y lejos de sentirse redimidas, lejos de ver en ese perdón la salvación o la oportunidad de ser amados de verdad, lo utilizan para seguir obteniendo provecho de tu persona, siempre sedientos, drenándote por completo si es preciso. Y lo peor es que en un exceso de empatía, podemos empezar a pensar que el problema está en nosotros: algo malo nos ocurre, porque si no, no se explica cómo dando tanto, no nos correspondan, no se impliquen igual, no dejen de dañarnos, no nos valoren. Entregarlo todo, hasta vaciarse, no hará que ellas hagan lo mismo. A veces esperamos que el dolor que sentimos sea suficiente para que paren de usarnos como escupidera o cenicero, pero no lo es, porque no lo perciben, no se dan cuenta, no lo reconocen o sencillamente no les importa. Incluso decírselo sirve de muy poco. Es que «soy así», dicen; «Tienes que aceptarme», dicen. Pocas cosas existen más peligrosas que alguien cruel fingiendo ser buena persona, pocas más arriesgadas que amar al perverso narcisista. 

La toxicidad y la identidad

Su manipulación para conseguir lo que quieren llega a anularte, a desvalorizarte, a alienarte hasta el punto de no reconocerte, de no saber quién eres ni cuál es tu voluntad. Tienen tal poder sobre ti, que aprendes, de forma involuntaria, a reaccionar como te piden que lo hagas, con tal de que no den un gruñido que te estremezca; a no decir cosas que traigan consecuencias dolorosas; a no manifestar lo que sientes o a no hacerlo abiertamente; a entregar todo lo que demandan sin chistar, por puro instinto de supervivencia; a buscar su aprobación y su cariño, de la manera que sea. Como si el placer consistiera en descansar del dolor un instante, y las bestias saben lamer muy bien las heridas.

Esto, claro está, ocurre de forma lenta y estratégica, y por eso es muy difícil verlo, como la rana que en la cazuela no nota el aumento de la temperatura del agua hasta que ya le es imposible saltar afuera. Si la soltáramos directamente en agua hirviendo, saltaría para salvarse. Pero la bestia actúa de forma progresiva, es agua fresca y clara donde muchas veces es agradable bañarse, ya se encarga de crear remansos de paz dentro del torrente. Además, experta como es en el gaslighting, te hará creer que imaginas cosas que en verdad no hace, o que todo es consecuencia de tu forma errónea de hacer o interpretar las cosas. 

Decirle a la bestia lo que no te gusta o te duele, solo sirve para que te ataque y te haga sentir culpable, nunca reconoce el daño, lo que acaba desgastando, desanimando, haciendo que la víctima se resigne, se vuelva pesimista, temerosa, debilitada y dude de sí misma. Comienza a cuestionar su propia percepción, su identidad y su realidad. En un estado de inseguridad y ansiedad constantes, donde se ejerce control a través del miedo a la pérdida o al enfrentamiento, la bestia tiene el poder de otorgar aceptación, cariño, aprobación, respeto, seguridad o protección, y amenaza a menudo con quitártelos. También es experta en dar falsas esperanzas, en poner parches afectivos superficiales que te hacen creer que en realidad no es TAN mala y que puede cambiar y lo hará por ti. 

Las consecuencias 

En mi novela, Amar a la bestia, en realidad Mica ya había dejado de saber quién era antes del accidente por el maltrato psicológico que una bestia ejercía sobre ella (pero hubo otras en su árbol genealógico), y la dependencia emocional que tuvo por ella es tan fuerte que persiste incluso tras haber perdido la memoria. Así que el suyo no es precisamente un viaje por el país de las maravillas, sino más bien atravesar un infierno de toxicidad que su mente bloqueaba antes y después del accidente. El olvido a veces es un mecanismo de defensa, e incluso optamos por la amnesia selectiva para no sufrir, para no tener que aceptar la maldad gratuita. Ser inteligentes a veces nos hace más manipulables. Buscamos la razón de ser hasta a cosas que no la tienen.

Salvarse de amar a la bestia es muy difícil debido a esta disonancia cognitiva que desarrollamos para sobrevivir. La salvación empieza por reconocer el daño, por amarse a uno mismo, por decir basta, y esto puede ser una tarea titánica cuando ya te han mordido, cuando te muerde alguien que supuestamente te ama. De hecho, si alguna vez amaste a la bestia, es fácil que repitas el patrón sin darte cuenta, que asocies amor y dolor en el futuro, que sigas siendo una gacela coja. 

¿Puede el globo amar al cactus? ¿Qué consecuencias tendría? Sí, se puede amar a la bestia, y es un suicidio. Mejor dejarla correr libre, allá afuera en lo espeso del bosque, por más hermosa y atrayente que resulte, aunque la Bella de La Bella y la Bestia, la Bella de Crepúsculo, la Mina de Drácula, e incluso la Anastasia de Cincuenta sombras de Grey, entre otras muchas mujeres de la literatura, nos hayan querido enseñar que el amor transforma a las fieras en malditos príncipes azules.