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El duelo cuando no podemos despedirnos

26 Diciembre 2020 | Eva Olaya

Hola, lectora: 

¿Cómo estás? No sé si te pasa, pero a nosotras estos días nos da por echar la vista atrás y revisar el año que acaba, rememorando los momentos clave. Este ha sido un año duro, que ha puesto en crisis todas nuestras certezas, La palabra fue un salvoconducto contra el aislamiento necesario y la soledad: nos refugiamos en las videollamadas, en las conversaciones de balcón a balcón y en la lectura y la ficción audiovisual para sobrellevar una realidad que por momentos nos superaba por su crueldad. 

Todos tenemos presentes a las personas que han perdido a un familiar por la Covid-19 o por otra enfermedad, pero que no han podido despedirse como hubieran querido por las restricciones que ha impuesto la pandemia. Le hemos pedido ayuda a nuestra doctora de cabecera, María José Moreno, que además es una excelente escritora, para que nos explique cómo se vive el duelo cuando no hemos podido despedirnos. Solo te pedimos una cosa, reenvía este artículo a quien creas que puede ayudar. 




¿Cómo vivimos el duelo cuando no hemos podido despedirnos?


Isabel entra a la consulta con la mirada baja. Cuando la saludo me mira con los labios prietos, ningún asomo de sonrisa cordial. Se sienta al filo de la silla con las manos entrelazadas en el regazo. La invito a que hable, que me cuente qué la trae a la consulta. Tras unos segundos, levanta la cabeza. Con una voz apenas audible, me anuncia que se encuentra mal desde que murió su madre. Un silencio. Un suspiro. Una lágrima que resbala rauda y, de nuevo, con esa frágil voz, continúa su relato: «Mi madre estaba en una residencia, yo no estaba muy conforme, pero mis hermanos me convencieron. Todos trabajamos… Yo tengo dos niños pequeños y en mi piso no tenía sitio…». Cada frase que emite se acompaña de un suspiro, de esos que salen de lo más hondo en un vano intento de encontrar alivio a la congoja que se siente. «Iba a verla dos o tres veces por semana —una sonrisa parece aflorar, pero enseguida se pierde en el mar de palabras—. Cuando empezó esto de la Covid y nos confinaron, solo hablaba con ella por teléfono. Se contagió. Parecía que lo iba superando... Una noche me llamaron. Había fallecido. La angustia que sentí aún me acompaña. No soy capaz de quitarme de encima la culpa por haberla llevado a la residencia y la pena por no haberme despedido de ella. No me hago a la idea de no volver a verla».

Todos sabemos que vamos a morir, pero somos reacios a pensar en nuestra muerte y en la de las personas que nos rodean. Lo queramos o no, a lo largo de nuestra vida vamos a sufrir pérdidas, más o menos significativas, repentinas o esperadas, que suponen un factor estresante (Echeburúa y de Corral, 2007). 

El duelo no es más que una reacción adaptativa, de supervivencia, que nos obliga a detenernos, a reflexionar, a plantearnos nuestra propia muerte y a rehacer nuestra existencia desde otra perspectiva. 

El duelo es necesario. El duelo es individual y aunque cada persona lo completa a su ritmo, el tiempo medio de duración suele ser entre 6 y 12 meses. Un 10 % de los casos persiste después de 18 meses y se cronifica en un 20 %. Si se trata de la muerte de un hijo, en un alto porcentaje no se llega a superar.

Mediante el trabajo de duelo somos capaces de: 

  1. Aceptar lo sucedido como algo real.
  2. Ser conscientes de las emociones que nos provoca la pérdida y manejar el dolor y la angustia que esta provoca. 
  3. Adaptarnos (al medio exterior, interior y espiritual) a vivir con la ausencia. 
  4. Recolocar la pérdida y continuar viviendo. 



La madre de Isabel murió a finales de marzo; ella acude a consulta a primeros de noviembre. Tan solo han pasado siete meses; sin embargo, tras escucharla es fácil detectar que se mueve aún en la primera fase. En un contexto de confinamiento, pandemia y distancia social el duelo no transcurre con normalidad, hay circunstancias externas que lo complican, de manera que puede convertirse en un duelo patológico o no resuelto. Con estos términos hacemos referencia a la «intensificación del duelo hasta desbordar a la persona y recurrir a conductas desadaptativas», o no avanzar en el trabajo del duelo (Horowits,1980). Las causas que pueden llevar a esta complicación son múltiples: la vinculación con la persona, el tipo de muerte (la inesperada y la violenta conllevan un duelo más difícil que la esperada, en la que el trabajo del duelo comienza antes de que la persona haya fallecido), la vulnerabilidad individual, las emociones que se forjan alrededor del fallecimiento; entre ellas, la más importante es la culpa y, sin duda, las proyecciones que la persona hace sobre cómo le gustaría que fuera su propia muerte.

Esto es lo que le sucedió a Richard Leinz, el protagonista de Aquella vez en Berlín, cuando falleció el amor de su vida. No podía aceptarlo y se sumergió en conductas autodestructivas. Lo mismo le está sucediendo a Isabel, aunque en ella lo que interfiere en la elaboración del duelo es la culpa por haber permitido que su madre fuera a la residencia donde ha encontrado la muerte. En muchos otros casos que estamos tratando como consecuencia de esta pandemia es la consecuencia de una concepción prefijada de lo que debe ser la muerte. La muerte es un acto solitario pero el rito establecido a lo largo de los siglos, plasmado artísticamente en multitud de lienzos, nos muestra la imagen de la persona moribunda en su cama, rodeada de la familia mientras uno sujeta su mano, dándole aliento en ese difícil trance. Así es como nos gustaría morir —de hecho, quién no ha escuchado decir a un enfermo que no quiere morir en el hospital—, todo lo que se salga de eso rompe nuestros esquemas mentales, al alejarnos de compartir ese momento tan íntimo, ese último adiós. Sí, ese adiós en el que podemos no solo despedirnos de nuestro ser amado y mostrarle nuestro amor, sino también, conjurar las desavenencias que hayamos tenido con él, las culpas por acción u omisión. Ese adiós en el que en silencio todos recreamos nuestra propia muerte.


¿Qué podemos hacer cuando esto ocurre?


Desde luego el primer consejo que yo les daría sería acudir a un especialista —psiquiatra y/o psicólogo— que le ayudara a contemplar las fases de una manera más objetiva, a gestionarlas de forma adecuada para ir superándolas, despacio, pero sin bloqueos; en definitiva a superarlas.

También existen pautas y actuaciones que el sujeto puede intentar realizar para salir de esta situación. 

La primera es saber que es un estado normal, tras una pérdida, que conlleva tiempo;  la segunda, tiene que ver con la aceptación, que en el caso que planteamos ya hemos advertido que es complicado, pero no imposible. Para ello hay que mirar hacia dentro, darse cuenta de las emociones que acompañan sus iterativos pensamientos (enfado, negación, tristeza, frustración, confusión, vacío, alivio, culpa...) y sacarlos a la luz, hablar de ellos con personas cercanas que le apoyan; de esa manera, al verbalizarlos se libera, ordena y estructura el pensamiento, separándose en parte lo emocional de lo cognitivo con lo que se normalizan los pensamientos. 

A veces, la persona necesita llevar a cabo el ritual de despedida. En ese caso puede hacerlo reuniendo a la familia y practicando una ceremonia íntima para decir adiós a esa persona, expresando lo que les hubiera gustado decirle en aquel momento en que pro  la pandemia no les dejaron estar con el enfermo, incluso, encendiendo unas velas, yendo a la iglesia, llorando, abrazando a tus cercanos... 

Después hay que descansar, dormir, relajarse, distraerse, recuperar la energía física y mental. A partir de ahí, retomar la rutina habitual, y solo si eso se ha conseguido, llegaría el momento de comenzar a manejar los objetos de la persona fallecida, recordar buenos momentos para desasociar el pensamiento de la tragedia última, ver álbumes de fotos, películas familiares hasta conseguir que pensar en esa persona nos produzca una sonrisa.  Esa sería la prueba de que hemos superado el duelo. 


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