Un coche lleno de personas y vacío de voces: un coche en silencio.
Quinientos metros a pie con tres personas: un recorrido en silencio.
Subir ocho plantas en un ascensor con diez personas: un ascensor en silencio.
Todos esos largos minutos en silencio, pero con mil pensamientos en mi cabeza. Pienso en todos los momentos que hemos pasado juntos, como cuando me llevabas al parque después del cole, cuando me llevabas adonde hiciera falta cuando papá y mamá estaban trabajando, cuando jugábamos a cualquier cosa, o cuando me enseñaste a jugar a cartas.
Me cuesta demasiado creer cómo han cambiado las cosas en una semana. Cuando te he visto no podía creer que eras tú. Dormías, porque los médicos así lo querían, para que no sufrieras más, y te habían llenado de fármacos. Eso fue después de pedir por mí. Le dijiste a la abuela: "Hoy vendrá Cristina, ¿verdad?". Cuando ella me lo dijo tuve que esforzarme mucho para no llorar, y, de hecho, ahora que estoy sola no puedo reprimirme.
Entonces te veía allí, durmiendo, con dificultades para respirar, y sin parar de moverte. Te acariciaba la mano, por si acaso era la última vez que te tocaba.
No quiero que te vayas, aunque creo que ya es demasiado tarde para pedir un milagro. Pero lo que más me duele es no haber satisfacido dos de tus últimos deseos: que tu nieta te llevara a dar una vuelta con su coche nuevo; y verla por última vez. Siento haber tardado tanto, porque ahora ya es demasiado tarde. |