Me encontraba en Londres por motivos de estudios. Me habían ofrecido una beca para estudiar en una de las mejores universidades de la ciudad; sería doloroso alejarme de mi familia, sobre todo de mis padres y de Marco, mi Marco. Como decía mi padre era una gran oportunidad, pero no sé por qué me quiso mandar tan lejos. Él posee suficiente capital para tenerme estudiando en una universidad de categoría cerca de casa, y aunque estuviera lejos de casa, daría lo mismo. Apuesto que me daría dinero para que cogiera un avión y pasara a verlos cada fin de semana. También podría caber la posibilidad de que fuera un jet privado, pero no había sido así.
Notaba a mi padre frío y distante. Sospechaba que yo había dejado de ser su princesa, y eso me dolía.
De repente, sonó mi móvil: la pantalla indicaba que era mi madre. Alcé la tapa del teléfono y le dije, con voz algo triste:
-Hola mamá. ¿Cómo estás?
-Yo estoy bien. En realidad, todos lo estamos. – hizo una pausa breve - Te noto algo afligida. ¿Nos echas de menos?
Tenía que admitir que mi madre para esto resultaba algo pesada, y siempre averiguaba la verdad. Algo que yo heredé de ella.
- Estoy bien, aunque algo triste por la reacción de papá conmigo últimamente. Ya no intenta poner el mundo a mis pies, ni me habla ni lo he vuelto a ver tocar canciones en el piano dedicadas a mí. En resumen, su actitud conmigo ha cambiado. Me trata de una manera indiferente.
-Pensé que no lo notaras…-suspiró.- Hice todo lo posible para que no te enteraras, pero veo que no funcionó. Y, la verdad, lo hablé una vez con tu padre pero no me quiso dar el motivo. ¿Qué vas a hacer?
-Pues como el no me quiere tener a su lado por más tiempo, decidí quedarme aquí para siempre.- mi voz se quebró de puro abatimiento - Por favor despídete de Jake por mí, así como de toda la familia, y dile a papá un mensaje de mi parte:
Que si no me quiere, si tanto se arrepiente de tenerme como hija, entonces que se lo pensara dos veces antes de dejarte embarazada, que yo no merezco este trato. No sin haber hecho nada y sin decirme los motivos de ese enfado.
-Carlota, eso es cruel- me replicó mi madre-. Pero se lo diré. ¿Y ahora, qué? ¿Cómo vas a hacer para mantenerte y pagarte tus gastos?
- Me da igual. Por mí como si tengo que trabajar de camarera- respondí con algo de furia en mi voz-. Hasta siempre, mamá.
La voz de mi madre diciéndome ¡Carlota, espera no cuelgues! fue lo último que escuché por el móvil antes de colgar. Tenía que aprender a valerme por mí misma. Los días de niña mimada habían llegado a su fin. |