De momento el experimento había sido un éxito.
El espécimen número quinientos veinte estaba listo para ser liberado. Todavía estaba sedado sobre la mesa de operaciones con el tubo del oxígeno enchufado a su ombligo y los párpados pegados con celo dejando los ojos vistos, de modo que si te acercabas a él, podías verle las pupilas aún dilatadas. El espécimen no podía cerrar los ojos durante el proceso de transmisión psíquica, pues los científicos debían medir la dilatación ocular cada pocos segundos. Era una parte importantísima del proceso, pues si el espécimen no dilataba en los cinco primeros minutos, cuando la transmisión psíquica estaba en su máximo alcance, el experimento sería cancelado y el espécimen iría a parar al crematorio.
Los científicos esperaban que se despertara con ansiedad. Aún tardaría unos dos minutos, pero era complicado mantener la calma después de quinientos diecinueve intentos fallidos.
Uno de los científicos, Enrik Hacker, especialista en cirugía cefálica y psico radioterapia, fumaba tras el cristal, nervioso. Como jefe del proyecto, era a él a quién despediría la Corporación Aereus si todo salía mal, y sería su reputación la que se arruinaría. En Nueva Babilonia sería difícil encontrar a alguien que le contratara si todo salía mal. Necesitaba ese éxito y lo necesitaba ya. Golpeó el cristal con su anillo del Cuerpo de Medicina Psicoradiológica de la Corporación, un anillo que le había costado quince largos años conseguir. Uno de los científicos se quitó la mascarilla con sus dedos enguantados y tocó el transmisor de su cuello.
—Aún faltan unos segundos.
— ¿Cómo va?
El médico se puso la mascarilla de nuevo, se acercó al chico y evaluó con un pequeño aparato la dilatación de los ojos. Luego se lo guardó en el bolsillo de su bata y se acercó al cristal.
—Todo normal. Parece que esta vez va la vencida.
—Más nos vale… —murmuró Enrik. Apagó su cigarrillo y vació su whisky de un trago. Se puso en pie y se acercó a la puerta blindada—. Ponedle el tubo de una vez –les dijo.
Uno de los científicos asintió y cogió un largo tubo de acero acabado en punta. Se acercó al chico y le alzó la cabeza.
El monitor cerebral emitió un pitido.
El científico miró al monitor y luego a Enrik y se encogió de hombros.
—Parece que sigue bien. A lo mejor ha sido una fluctuación.
—Compruébalo –dijo Enrik. Apagó su cigarro y encendió otro. Aspiró el humo y lo retuvo durante unos segundos, sintiéndolo en su garganta. El científico asintió y metió el tubo un par de centímetros en la nariz del chico. Intentó empujarlo más adentro, pero se quedó como atrancado. Una fuerza impedía que el tubo llegara hasta el hipotálamo del cerebro. El científico soltó la cabeza del muchacho, que cayó con un golpe seco en la camilla y usó amabas manos para introducir el tubo.
Tampoco.
Se giró y se encogió de hombros. Otro científico se acercó a él y le ayudó. Entre los dos empujaron el tubo.
Nada.
Enrik se acercó cuanto pudo al cristal, furioso, mientras el humo de su cigarrillo se elevaba junto a su ojo derecho.
—Pero, ¿qué demonios pasa ahora? —Tocó el botón de la pared—. PONEDLE EL PUÑETERO TUBO NASOCEREBRAL DE UNA VEZ Y DEJAD DE JUGAR CON MI PACIENCIA –les gritó, furioso. Tosió y tuvo que limpiarse con su pañuelo bordado la sangre de su boca. Acto seguido, le dio otra calada al cigarrillo y volvió a retener el humo.
El monitor cerebral empezó a meter pitidos cada vez más estridentes. Un par de científicos se acercaron y comprobaron que los cables estuvieran bien. Los otros dos, mientras tanto, seguían intentando ponerle el tubo al muchacho.
El monitor se quedó callado de pronto. Los dos científicos que pugnaban por introducir el tubo se miraron, nerviosos, pues no había forma alguna de meterlo, y si no lo lograban, aquello no habría servido de nada. El tubo fue saliendo solo de la nariz del muchacho muy despacio.
— ¿Qué demonios…? –dijo Enrik, apartando el cigarrillo de los ojos para que el humo no le molestara. Los científicos se miraron sorprendidos, sosteniendo aún el tubo.
Un pitido muy agudo hizo que uno de ellos corriera hacia el monitor y empezara a marcar los botones a toda prisa.
—Se ha vuelto loco –gritó—. El registro escapa los límites.
La máquina empezó a echar humo por la parte posterior. El científico se apartó del monitor, dos segundos antes de que estallara en pedazos.
— ¡Sedadlo de nuevo!–gritó Enrik —. ¡SEDADLO!
Uno de los hombres cogió una jeringa y la llenó de un líquido blanquecino. Luego se aproximó a la sonda y la clavó en ella. La sonda se soltó de golpe del ombligo del paciente y le golpeó en la cara con tanta fuerza que le arrancó de cuajo la mascarilla y le abrió una gran brecha en la cara de la que empezó a manar sangre.
— ¡SUJETADLE! –gritó Enrik. Los científicos dejaron a su compañero en el suelo y sujetaron al espécimen, que botaba sobre la mesa. Primero uno y luego el resto, salieron volando y se estrellaron contra las paredes de cristal irrompible, llenándolas de gotas de sangre.
El espécimen se puso recto como si fuera un resorte y se quitó el celo que le sujetaba los párpados. Pestañeó un par de veces, mientras las primeras lágrimas de su vida caían por sus mejillas. Torció la cabeza y miró a Enrik.
— ¿Por qué me haces daño? –dijo.
—Sólo eres un experimento. Tú no tienes sentimientos. Sólo eres una cosa.
—Respuesta equivocada –dijo el espécimen. Se puso en pie y avanzó hacia la puerta. Enrik sonrió. Si pensaba que iba a romper aquel cristal lo llevaba claro. Sacó un dispositivo del bolso y apretó el botón. Una chispa saltó dentro del cerebro del espécimen, pero éste no pareció notarlo. Enrik masculló, sorprendido y toqueteó una y otra vez el dispositivo. El espécimen sonrió y posó la palma de su mano sobre el cristal. La explosión lanzó a Enrik hacia atrás. Algunas partes del cristal taladraron su cuerpo, y una de ellas le traspasó de lado a lado, empalándolo. Se quedó clavado en una pared. El espécimen se acercó despacio y torció de nuevo la cabeza, feliz.
—Puedo leerte la mente. Te duele mucho. Me habéis enseñado a hacer daño pero sigo sin encontrarle un sentido… Me siento confuso. Deberé practicar –dijo. Una risilla salió de su garganta, era como si un niño se estuviera riendo de un chiste. Aplaudió—. Me gusta el cuerpo que me has dado –dijo, mirándose las manos y el torso—. Gracias. Ahora exploraré y empezaré a practicar. — Salió y lo dejó allí solo, desangrándose. |