Recuerdo lo que pensaba sobre la tercera edad cuando tenía veinte años. Podían ser personas entrañables, sí, pero causaban problemas, y eso lo sabía por experiencia propia. Aquél día en concreto, domingo a las diez y media de la noche, yo estaba en casa calentándome algo para cenar y mi novia Marta acababa de llegar para vernos un rato, aún con los problemas que eso podía comportarle: sus padres habían aprovechado un puente para irse varios días de viaje, así que mi novia había quedado a cargo de su hermano menor y de su abuela, una anciana chapada a la antigua, amante de la tauromaquia y con la amargura reflejada en la mirada y la malicia oculta tras una, posiblemente, fingida inocencia. Tal era la carga que representaba esta mujer, que su otra hija se había negado a cuidarla a menos que recibiera una compensación económica por parte de la familia de mi novia, un dinero que ellos no estaban en disposición de darle. Así pues, sobre ellos había caído la responsabilidad de mantenerla, y con tal de acomodarla en la casa Marta incluso había estado de acuerdo en cederle su cuarto y ahora compartía dormitorio con su hermano. Las disputas familiares promovidas por la anciana señora estaban a la orden del día y a mí incluso había llegado a prohibirme la entrada a la casa un día que vine cuando los padres de Marta estaban ausentes.
Y es que cuando tus propios familiares bromean jocosamente sobre el día de tu cercana defunción, es que mucho bien no haces al mundo. Algo parecido había pasado con el difunto padre de una amiga de la familia, un ex-legionario empedernidamente alcohólico que había sido incapaz hasta su último aliento de mostrar o siquiera sentir gratitud por los sacrificios que había hecho su hija por él, desbaratando su vida personal con tal de atenderle durante sus últimos días.
Pero regresando a aquella noche, Marta y yo nos disponíamos a ver apaciblemente la televisión y, como no podía ser de otra manera, su teléfono móvil empezó a sonar. Su voz y su rostro se truncaron al recibir la noticia de su asustado hermano de que la abuela se había caído y le sangraba abundantemente la cabeza. Sin tiempo apenas par aponerme las zapatillas salí escopeteado tras mi novia, que, hiperventilando, corría hacia su casa, unas manzanas más abajo. Al llegar, le dije que yo esperaría fuera por si necesitaba algo pero, pese a su insistencia, me negué a entrar. No me atrevía. Mientras oía de fondo los llantos de la anciana, sentí rabia y frustración por verme afectado por un drama familiar que no me correspondía. Arrancado de la tranquilidad de una noche de domingo y privado de la agradable compañía de mi novia por una mujer que nada tenía que ver conmigo, pero cuya carga reposaba también en mis hombros.
Al rato llegó una amiga de sus padres para hacerse cargo de la situación, y la abuela balbuceaba cosas acerca de que no la conocía, q que no sabía quienes eran sus consuegros, cuando habían ido juntos al cine esas misma tarde. Si sólo fingía para reclamar aún más atención o la demencia senil ya había empezado a minar las fibras de su cordura es algo que no supe dilucidar, pero esa misma noche supe que mis padres, también algún día, acabarían siendo una carga para mí, y que yo, irremediablemente, lo sería también para mis hijos.
Aquél mismo día me había llamado mi abuela para preguntarme qué me parecía el que mi padre, divorciado hacía menos de tres meses, se hubiera embarcado en una relación con otra mujer con tanta precocidad. ¿Y qué sabía yo? A mis veinte años, ¿qué podía saber yo de los deseos y necesidades de un hombre que, sobrepasados los cincuenta, había visto su vida deshecha? Tenía la sensación de que mi familia se había dividido en dos satélites, paterno y materno, que orbitaban a mi alrededor y cuyo recorrido les llevaba largas temporadas al otro confín de la galaxia, donde proseguían con sus propias vidas al margen de las convenciones familiares que habían sido barridas por la disolución conyugal. Y yo no tenía potestad para meter ahí mis narices. Y aunque mi abuela alegaba que ver a su hijo feliz la hacía feliz a ella, resultaba obvio que la nueva relación de mi padre no la complacía. Se despidió de mí diciendo que fuera a verla, que ya casi no teníamos ocasiones de hablar, y en su “adiós” ya no pudo contener ni disimular su llanto.
Ya no me gustaba hablar con ella. Lo que antes eran sabios consejos y amorosas conversaciones se habían convertido en deprimentes lamentaciones, especialmente desde el divorcio de mis padres. Hablar con ella suponía descubrir problemas familiares enterrados, cargar con su tristeza y sus preocupaciones y oír lo horrible que resulta caer en la vejez y no poderse valer por uno mismo. Y por mucho que yo quisiera consolarla o apartar algo a la conversación, ¿qué iba a decirle a alguien que ha vivido sesenta años más que yo? ¿Qué sabía yo de sufrir por los hijos, nietos, de envejecer? Esa impotencia ante el sufrimiento de uno de los seres más queridos de mi vida contribuía a aumentar la carga que yo sentía y a deprimirme tras cada visita a mi abuela.
También era consciente del peso que suponía ella para mi padre, pues los problemas de salud de mi abuela eran una constante preocupación y exigían un continuo gasto monetario, hasta el punto de haber tenido que alquilar y restaurar un piso en Barcelona al que trasladar a mis abuelos para tener mejor acceso a los servicios médicos. Verse obligado a trabajar largas horas no sólo para mantenerse a uno mismo, sino a los hijos, a la exmujer e incluso a los padres se convierte en unas pesadas cadenas que yo jamás habría soportado llevar. Y mi abuelo, un hombre al que admiré por su amabilidad, fortaleza y comprensión, un hombre que había trabajado tan duramente como mi padre, se veía mermado por una mente envejecida que cada día podía soportar menos la carga de un error que cometió durante su madurez y que había estado acarreando durante el resto de su vida, sin recibir alivio ni perdón. ¿Mi padre y yo llegaríamos a ese estado en que el cuerpo, la mente y el espíritu se desmoronan inexorablemente sobre aquellos que nos rodean? Tal es el destino de las personas: la degeneración de nuestra existencia, y pocos tienen el valor o la fortaleza de no dejarse avasallar por ella. ¿Sería yo uno de ellos?
Han pasado cincuenta años desde aquel entonces, y mi destino no ha sido muy diferente del de mis antecesores. Una vida de fracasos y frustraciones, de miedos y pérdidas y de luchas y de derrotas y un cuerpo roto y gastado es lo que poseo en el ocaso de mi existencia. Un amargo legado que pesa sobre los pilares que me sostienen y evitan que me desmorone. Esos pilares son mis hijos, mis nietos. Tiemblan, exhaustos, y desean progresar, escapar, viajar hacia nuevos horizontes de sus vidas, emprender nuevas actividades, vivir nuevas experiencias. Pero mientras deban sostenerme, no podrán moverse. Y ser consciente de ello, de mi impotencia, el saber que mi existencia es una piedra en el camino, una maldición para los que quiero, me llena de pesar, de frustración, de rabia. Y esto no hace más que complicar nuestra tormentosa relación y acrecentar la carga que supongo.
Aún recuerdo una conversación que tuvo con un profesor mío cuando yo no tenía más que dieciséis o diecisiete años. “Lo que no hayas hecho antes de los sesenta, ya no lo harás”, me decía. “La vida a partir de esa edad pierde su sentido”. Le contesté: “tal vez a partir de esas edad el sentido no está en vivir para uno mismo, sino en vivir por los demás, por nuestros nietos, o por nuestros hijos”. Mi profesor me miró durante un instante y guardó silencio. Cuando dije aquello, estaba pensando en mi abuelos.
“Vivir por los demás”. ¿Qué era lo que podía hacer por los míos? ¿Cómo podía liberarlos? Y… ¿Me atrevería a hacerlo?
30 de septiembre de 2009 |