Un trueno rompió el silencio de la noche y un relámpago iluminó el corredor del castillo. Sera se sobresaltó. Sus pies descalzos resonaban sobre la fría piedra del suelo. Caminaba prácticamente a oscuras, tratando de memorizar cada detalle del camino que había tomado, pues los pasillos parecían completamente distintos durante la noche. Incluso las viejas y oxidadas armaduras y las nobles estatuas mostraban su cara más aterradora.
Sera tragó saliva y tanteó la pared en busca de un tapiz que, durante el día, representaba a una enorme águila real con sus alas extendidas en pleno vuelo. Su mano reconoció las telas entretejidas que debían de formar aquella figura. Agarró el borde del tapiz y tiró de él para dejar al descubierto una larga escalera que ascendía hasta perderse entre la negra oscuridad. Otro relámpago iluminó el pasillo, pero aun así no fue suficiente como para que la chica llegase a distinguir el final de ésta.
Se adentró en el pasadizo y se vio envuelta en un halo de oscuridad. Comenzó a subir por la escalera. Pese a que lo buscó, no encontró pasamanos alguno así que se pegó a la pared buscando algo de seguridad y siguió avanzando a tientas. El ascenso se le hizo eterno, pero su mano por fin fue a dar con una puerta de madera. Ya había llegado. Hizo girar el pomo, pero alguien había cerrado con llave. Llamó con los nudillos y como respuesta obtuvo un silencio casi mortal y el apagado ruido de unos pasos.
- ¡Bella, por favor, abre de una vez! –exclamó Sera impacientemente.
Se oyó el ruido de una llave al girar y la puerta se abrió. Sera se protegió los ojos del cambio de luminosidad.
-Ya era hora de que llegaseis –se quejó la otra chica y volvió a cerrar la puerta-. ¡Eh! ¿Dónde está Ginny?
-¿Todavía no ha llegado?
Bella abrió la boca para contestar, pero enseguida volvieron a llamar a la puerta.
-¿Chicas?
Era Ginny.
-¡Abre, corre!
La chica pelirroja entró en la estancia resoplando, al parecer había llegado corriendo desde su dormitorio.
-Bueno, ya está todo preparado –anunció Bella señalando al círculo de velas y al pentáculo trazado con tiza.
- ¿Estáis seguras de que queréis hacerlo? –preguntó Sera tratando de que no le temblara la voz.
-Fuiste tú quien quisiste hacer esto –protestó Ginny-. Ahora no te rajes.
Sera asintió y se paseó alrededor del círculo de velas.
-Y… ¿cómo se hace esto?
- Un momento –Bella sacó un pergamino arrugado y lo releyó en un momento-. Según esto una se tiene que colocar a la cabeza –las tres se miraron entre sí-. Vale, ya me pongo yo –suspiró-. Vosotras que tenéis que elegir entre una de las dos esquinas más alejadas.
Ginny ocupó rápidamente la de más a la derecha y Sera se quedó con la de la izquierda. Ginny recogió una navaja multiusos que había a su lado.
-Esto… es lo de la sangre, ¿no?
Asintieron. Ambas sabían la fobia que tenía la chica a la sangre, y sólo esperaban que no se desmayase.
- Os juro que es la última vez que juego a convocar espíritus –se quejó apartando la vista de la herida que tenía en el dedo.
-Esto no es un juego –dijo Bella cuando le llegó el turno-. Bien, ahora tenéis que poner el dedo en la esquina de la estrella y repetid conmigo: “Espíritus del más allá, venid a mí, yo os invoco”. Y haber qué pasa.
-Será venid a nosotras –la corrigió Sera.
-Sí, eso. Vamos.
Repitieron la frase tres veces y esperaron mirándose unas a otras impacientes. Ginny cada vez parecía estar más irritada, incluso comenzó a bostezar forzadamente.
-¿Quieres parar de una vez? –soltó Sera.
- Es que esto es una tontería –se defendió-. No va ha ocurrir nada, vámonos a la cama.
- ¿Y tú cómo sabes eso? –le espetó Bella.
- De verdad, estáis las dos locas –dijo mirándolas como si no las conociera-. Yo me voy.
-¡No, espera!
Pero Ginny ya se había marchado sin hacer caso a Bella, que se había quedado blanca como una tiza.
-Deja que se vaya –dijo Sera retirando el dedo también.
-P-pero… ¡No se podía romper el círculo! –gritó sin poder contenerse- ¡Había que cerrarlo!
-¿Qué más da? Ahora se ha largado.
-¿Es que sois estúpidas o qué?
Bella se puso en pie bruscamente y, de repente, se puso rígida y calló al suelo tal cual.
-¡Bella! –gritó Sera asustada.
Corrió al auxilio de su amiga, pero esta comenzó a tener fuertes convulsiones a una rapidez sobre humana hasta que, tan repentinamente como comenzó, todo paró. Sera estaba aterrorizada y había retrocedido hasta el otro extremo de la sala circular. Bella abrió los ojos como si nada y se puso en pie, llevando en mano la navaja multiusos que todavía no había soltado.
-¿B-Bella?
-Si… querida –dijo sádicamente su amiga.
Pálida como el mármol y con su cabellera rubia alborotada Bella clavó sus dilatadas pupilas en su persona y se abalanzó contra ella blandiendo la navaja como arma. Sera gritó aún más fuerte y se apartó de su camino. Bella se dio de bruces contra la pared y cuando se dio la vuelta volvía a tener los ojos en blanco y su cuerpo comenzaba a convulsionarse otra vez.
-S-Sera… Corre… -articuló su compañera a la desesperada- ¡Corre!
Sera no pudo hacer otra cosa que gritar al ver cómo Bella alzaba la navaja y se apuñalaba una y otra vez en el corazón. Estaba completamente petrificada ante aquella grotesca visión. Bella cayó definitivamente al suelo, sobre un charco de roja sangre, muerta. Sera sintió náuseas y vomitó. Cuando volvió a fijar la mirada en su amiga ésta la estaba mirando y le pareció ver cómo esbozaba una sádica sonrisa. Lo siguiente que sintió fue cómo todo se volvía negro a su alrededor y perdía el control de su cuerpo.
-¡Sera, despierta ya! –exclamó la voz de Ginny
La chica ya se había despertado y se había puesto el uniforme. En realidad Sera era la única chica que seguía en cama.
-He ido al dormitorio de Bella y me han dicho que esta mañana no se ha despertado en su cama. ¿Tú sabes algo? ¿Qué hicisteis cuando yo me fui? –inquirió Ginny inquieta.
Sera negó con la cabeza y se levantó bostezando.
-Sal pronto, tenemos que hablar –y sin decir más salió de la habitación
Sera abrió la puerta de su armario y se quedó helada al ver la cabeza de Bella en su interior, mirándola sin ver nada. La navaja reposaba a su lado, todavía con la hoja manchada de sangre seca. La recogió y se miró al espejo que de la puerta del armario. Las pupilas se le habían dilatado y sonreía sádicamente.
Si, tenían que hablar con Ginny… por última vez. Y lamió la hoja de la navaja. |