El último engranaje
Sinuhé Vallvé Pérez - Ciencia Ficción - 0 Comentarios - Puntuación: 20 puntos (VOTAR)
 
La noche caía, y cada vez era más oscuro el paisaje que se dejaba ver a través de los surcos que las juguetonas lágrimas de lluvia iban abriendo en el empañado cristal. La estancia, llena como siempre de libros desordenados y diagramas a medio anotar, mostraba una imagen más caótica de lo habitual. El ya medio roto armario donde antaño se clasificaran cientos de engranajes perfectamente agrupados por tamaños y medidas, se encontraba sumido en una indivisible maraña de metal imposible de separar. A su lado, el gran estante había perdido casi la totalidad de sus libros y la mayoría de estos de acumulaban entreabiertos por el suelo de la habitación, a excepción de algunas hojas arrancadas por el tiempo que aun pugnaban por permanecer en lo alto del mueble.

El profesor, como de costumbre, permanecía sumamente atareado acomodado en su silla con los codos apoyados en la abarrotada mesa de trabajo. Sus manos se movían de forma precisa pero con cierto temblor no típico en él. Solía ser un hombre tranquilo y metódico, y pese a no haber dejado de lado su extremo cuidado para con su trabajo, parecía trabajar a contrarreloj. No obstante, con mucho esmero, iba encajando cada una de las piezas que tenía perfectamente dispuestas a su lado, y poco a poco fue ensamblando la máquina más perfecta que nunca quiso tener que crear. Hora tras hora, el objeto iba cogiendo forma, cada vez más similar a todas esas fotos y dibujos que aun permanecían a la vista en muchas de las amarillentas páginas que, de alguna forma, adornaban las oscuras baldosas.

De forma súbita, el hombre se levantó lanzando la silla hacia un lado con una energética violencia extraña en él. Sus ojos, abrumados por el agotamiento, empezaban a humedecerse inundándose de esperanza, a la vez que con avidez, introducía virtuosamente el invento en su bolsa de viaje y salía a toda prisa de su particular laboratorio. La calle, completamente sumergida en la penumbra, restaba pobremente iluminada por la tenue luz de los pocos farolillos que aún luchaban por funcionar. Los pasos del profesor eran firmes y decididos, sin ningún tipo de torpeza ni falta de equilibrio, algo poco atribuible a las largas horas de sueño que el hombre arrastraba desde hacía semanas.

Pese a que cada vez notaba más dificultoso el respirar, su ritmo, lejos de aminorar, se avivaba con cada paso, intentado superar cada unas de las sinuosas calles que se presentaban frente a él, marcadas por la extraña sensación de ser cada una más larga que la anterior. Finalmente, al girar una última esquina, pudo divisar la entrada del gris edificio que marcaba su meta. Casi con tropiezo, abrió la acristalada puerta y cruzó la recepción del hospital sin apenas mirar al personal que allí se ubicaba. Subió ágil las amplias escaleras de mármol hasta llegar a la segunda planta. Viró entonces a su derecha, abriéndose paso a través de uno de los tres largos pasillos que conformaban la estructura del recinto. Atrás dejaba decenas de puertas ausentes que encerraban la tristeza de otros. Paró en seco. Se detuvo un momento contemplando aquella puerta. Una puerta que había cerrado dos meses atrás con la osadía de cumplir su palabra, una palabra loca e imposible. Apoyó su mano en el pomo y empujó con sigilo y delicadeza. Sutilmente, fue internándose en la pequeña sala, a la vez que sus pupilas se iban acomodando a la poca luz de aquel nuevo ambiente. Con un andar silencioso, se acercó a la blanca cama y, al tiempo que sacaba su obra de la bolsa, susurró:

- Lo he conseguido.
-
Pero nadie contestó. El profesor lo notó entonces al ver la seca rosa que se retorcía en la mesilla de noche. No había llegado a tiempo. Y fue en ese instante cuando pequeños cristales empezaron a surgir de sus rojizos ojos, resbalando por sus mejillas para precipitarse al vacío y chocar contra aquel hermoso corazón mecánico que sostenía entre sus manos y que había perdido toda su razón de ser.
Le doy a este relato
puntos
No existen comentarios
 
Usuario    
Clave
   
Comentario
     Introduce el código
 
 
 
Descarga el wallpaper de Meridian

El callejón de la medianoche (Caine, Rachel) - Juvenil
El callejón de la medianoche
Autor: Caine, Rachel
Las chicas malas no mueren (Alender, Katie) - Juvenil
Las chicas malas no mueren
Autor: Alender, Katie
Mi nombre es Ella (Peterson Haddix, Margaret) - Juvenil
Mi nombre es Ella
Autor: Peterson Haddix, Margaret
El caso de la dama zurda (Springer, Nancy) - Juvenil
El caso de la dama zurda
Autor: Springer, Nancy
La Ciudad Esmeralda (Briggs, Patricia) - Romántica
La Ciudad Esmeralda
Autor: Briggs, Patricia
Meridian (Kizer, Amber) - Juvenil
Meridian
Autor: Kizer, Amber

Tuenti y Twitter de Versátil

Facebook de Versátil

La Ciudad de la Bruma
El cementerio de los libros olvidados
La Ciudad Esmeralda
Cazadoras del romance
Guía de Jessica para ligar con vampiros
La Biblioteca de Korranberg
Perryn y la Profecía del Mago
Fantasymundo
Entrevista a Carolina Iñiesta
Juvenil Romántica
El caso de la dama zurda
FantasyWorld
La Maldición de las Musas
Literatura para jóvenes adultos
Química perfecta
Addictive Books
David Sánchez Mayor
Hay que vender la barca y cerrar esta casa. Éstas serán las últimas Navidades aquí.
Laura López Alfranca
Se rió al pensar en que su hermano y ella se dedicaron durante varios días a sacar las canciones como podían, para poder cantarlas durante el concierto...
Laura López Alfranca
Otro golpe, ya sólo quedaban diez, cuando llegaran a uno… ¿qué ocurriría? ¿Por qué estaba allí?
Víctor González
Se paró en seco. El corazón comenzó a acelerar dándole la sensación que quería salirse del pecho.
Valentina Dorzi
¿Qué vas a hacer si no te quiere? ¡No me digas que consideraste arrastrarte a sus pies!
Ver todos los Relatos - Envia tu Relato
 
Twitter de Versátil Tuenti de Versátil