Sin billete de vuelta: la muerte de Sonia
Sonia Nievas - Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 9 puntos (VOTAR)
 
Me ahogo. No puedo respirar. Noto un fuerte peso sobre mi cuerpo que no me deja moverme. Las fuerzas se me van. No veo nada. Me desmayo. Todo se vuelve oscuro. Abro los ojos de nuevo y veo gente. La gente que hay a mi alrededor grita, corren, otros lloran, algunas señoras caen desmayadas, los más alejados observan la escena con el corazón en un puño. Estoy de pie en medio de la calle sin saber que hacer o a donde ir. Todo es muy confuso. Siento como si debiera estar en otra parte pero no sé exactamente donde.
- ¿Qué ha pasado? - pregunto a un hombre que mira con el rostro desencajado pero parece no verme porque no contesta; sus ojos están abiertos como platos y observan otra cosa más importante que yo.
 ¡Una ambulancia¡¡Llamen a una ambulancia! - grita otra voz - ¡Rápido!
 ¡Dios mío, dios mío! - dice una voz de mujer histérica.
Nadie dice nada. Todos pasan por mi lado pero parecen no verme. Sólo oigo gritos, ir y venir de gente. Debe ser algo grave, incluso ha venido la policía; parece que se ha desplomado un andamio. Decido acercarme a ver que pasa, llena de curiosidad, no sin tener un sentimiento de vacío en el pecho inexplicable, hace rato que lo tengo y no sé porque: es como si me faltara algo, algo importante que no consigo recordar. Instintivamente me llevo la mano al corazón percatándome de que no hay latido.
Bajo los escombros aparece un charco de sangre, enorme y rojo, que cubre gran parte de la calzada. Me quedo embobada mirándolo, hipnotizada por ese color bermellón que brilla sobre la grisácea superficie del suelo, esperando descubrir algo, algo que ponga nombre a este sentimiento que inunda mi pecho. Unos operarios aparecen a mi espalda y no puedo evitar mirarles mientras retiran uno a uno los hierros del andamio, tratando de liberar lo que aprisionan. De pronto vuelvo a notar como late mi corazón, más y más rápido, a cada hierro que quitan más se acelera; temo incluso que se me salga del pecho. Entonces lo veo, veo una mano: está llena de sangre pero diferencio claramente sus dedos gracias al llamativo esmalte que decoran sus uñas, color berenjena.
Horrorizada ante tal escena, me llevo la mano a la cara, abrumada. Me sobresalto cuando algo toca mi pierna; miro hacia abajo sin evitar poder sorprenderme.
 ¿Cindy? - me inclino hacia ella, exaltada - ¿Qué haces aquí?¿Y tú correa?
De pronto algo me atraviesa. Quiero decir que me atraviesa, como si delante no hubiera nada. Me llevo una mano a la cabeza, confusa, tratando de digerir lo que acababa de ocurrir. Entonces lo veo, veo el color berenjena en mis uñas. Observo con detenimiento mis manos, temblorosas, mientras mi corazón vuelve a latir aceleradamente. Un grupo de sanitarios pasan a través de mi a toda velocidad sin inmutarse aunque yo tampoco los siento. Despacio y pesadamente, decido acercarme a comprobar las sospechas que crecen en mi interior, seguida por mi perra que parece más tranquila que yo.
Los operarios ya han retirado la mayoría de los hierros que descansaban sobre la calzada, sobre el cuerpo que aprisionaban. Me acerco entre un va y ven de personal, policías y peatones que corren sin dirección fija. La figura se apreciaba casi por completo, bañada en sangre. Entones siento como algo me oprime el pecho, un gran peso no me deja respirar.
 Con cuidado, con cuidado – dice uno.
 Ya no se puede hacer nada así que procuraremos entregar a la familia los restos en el mejor estado posible. - oigo la voz de un policía a mi espalda.
 ¿Cómo? - digo alterada - ¿Pero qué demonios está ocurriendo?
Avanzo con rapidez esquivando a los que se interponen en mi camino, apareciendo justo frente al cuerpo, del que ya han dejado al descubierto parte de las piernas. Sus zapatos son como los míos, al igual que los pantalones tejanos color azul. Están a punto de retirar el hierro que cubre la cabeza, iba a descubrir quien era la víctima cuando algo me agarra por el brazo con fuerza, arrastrándome lejos del lugar. Una mano me aprisiona.
 Creo que ya has visto suficiente – dice una voz grave.
 ¿Quién eres tú? - grito deshaciendome de su mano con brusquedad.
La figura, de proporciones inmensas, da media vuelta mirándome directamente a los ojos. Es un hombre joven de unos treinta y pocos años, alto, delgaducho, con el pelo peinado hacia atrás, lleva tanta gomina que incluso le brilla con los rayos del sol. A decir verdad, su llamativo jersey a cuadros color marrón y gafas de pasta negra parecen sacados de una serie americana de los años cincuenta.
 Soy Macalister y he venido a buscarte.
 ¿Cómo? - contesto atónita.
Nuestra conversación es interrumpida por dos sanitarios que cargan una camilla donde descansa un cuerpo dentro de una bolsa negra. Corro tras ellos, debo averiguar quien es.
 ¡No, espera! - oigo la voz del joven pero la ignoro.
Dos agentes de policía observan el interior de la bolsa con cara apenada. Murmuran en voz baja pero les entiendo perfectamente.
 Pobre chica, con lo joven que es. - dice uno.
 Sí, siempre me da pena cuando mueren a esta edad: tenía toda la vida por delante.- contesta el otro.
 Debemos identificarla para poder entregársela a la familia lo antes posible ¿Lleva alguna identificación?
 Sí, los agentes han encontrado la cartera en su bolso. Están tratando de localizar a algún familiar.
 ¿Sabemos ya el nombre de la víctima?
 Sí: Sonia, Sonia Nievas.
Algo estalla en mi pecho al oír esas palabras. Antes de que se cierre la bolsa negra veo mi cuerpo dentro, cubierto de sangre; la cabeza está reventada y casi no se me reconoce pero soy yo. Reconozco el anillo de plata que me regaló mi madre por mi quince cumpleaños.
Grito, grito de dolor al contemplar como el agente cierra la bolsa mientras decenas de personas pasan a través de mi sin inmutarse, sin verme. Estoy muerta.
Poco a poco la calle se vacía, dando paso a la calma. Todo vuelve a la normalidad. Mientras yo no puedo moverme, el shock ha sido tan grande que mi cuerpo no responde.
 Lo siento – oigo la voz de Macalister a mi espalda – Sé que es duro, no deberías haberlo visto.
 ¿Es.. estoy..? - se me atragantan las palabras en la boca.
 ¿Muerta? Sí, por desgracia.
Al oír esas palabras suyas, hechas sin sentimiento, restandole importancia a lo ocurrido,a mi muerte, me enfurezco.
 ¿Qué no me preocupe? - me incorporo histérica - ¿Acabo de morir aplastada por un andamio y me dices que no me preocupe?
 Es el proceso natural de los seres vivos: primero vivir después morir.
 ¡Sí pero no con veinte y seis años! ¡Tengo toda la vida por delante, joder! - me tiro al suelo, llorando, rota por el dolor.
Macalister se llevó la mano al cuello, nervioso, no sabía muy bien como actuar en una situación como aquella. Así que finalmente decidió esperar hasta que se calmara. Mientras, observaba a los vivos, estos hacían su día a día como si nada hubiera pasado. Después miró a Sonia que se abrazaba a su perra tratando de buscar algo de consuelo ante lo sucedido.
 ¿Así que tú también has pasado a mejor vida, no Cindy? - digo mientras seco mis lagrimas con el dorso de la mano.
 ¿Iba contigo? - la voz de Macalister me sobresalta - ¿Qué es lo último recuerdas?
 Recuerdo que estábamos paseando, ya casi había llegado a casa cuando de pronto algo me aplastó. Todo se volvió negro, abrí los ojos y ya estaba aquí.
 Como pensé, ha sido una muerte rápida. Normalmente los fallecidos tardan entre media y una hora en dejar sus cuerpos; es por aquello del apego al mundo mortal. Debes sentirte afortunada de no haber estado agonizando durante horas hasta morir. Otros no tienen tanta suerte.
 ¿Afortunada?¿Suerte? - grito contrariada - ¿Pero te estás oyendo?¿Cómo puedes mostrarte tan indiferente ante una situación como esta? ¡Acabo de morir! Soy muy joven todavía ¡justo ahora estaba empezando a rehacer mi vida, joder! - me echo a llorar de nuevo.
 He visto a gente más joven que tú morir: infantes, bebés...no seas tan dramática, por favor.
 Me importa muy poco si has visto morir a otros – digo con frialdad – No los conozco de nada y estamos hablando de mi.
Sonia le giró la cara. Durante un rato no se dirigieron ni una palabra. Observó como los vivos de su alrededor caminaban por la calle como si nada hubiera pasado; algunos les atravesaban y aunque este hecho le sorprendiera en un principio, ahora le daba bastante igual. Cindy, ajena a todo esto, jugueteaba con su mano, mordisqueándola suavemente. Instándola para que jugara con ella pero Sonia no estaba por la labor, precisamente. Cuando se hubo recuperado, se sintió preparada para hablar con Macalister.
 ¿Y tú quien eres? - le pregunto.
 Soy Macalister, creo que te lo dije antes.
 Eso lo sé perfectamente ¿quién eres? ¿Qué haces aquí?¿Y cómo es qué puedes verme?
 ¿Quién crees qué soy?
Por un instante lo miro, tengo miedo de pronunciar las palabras aunque finalmente lo hago.
 ¿La... muerte?
 Por favor – reniega – todos con la misma cantinela. ¿No podríais ser un poco más originales? Hay millones de nombres: parca, segadora, entre otros. Pero no, todos decís lo mismo: la muerte o el ángel de la muerte, en su variante.
 Discúlpeme usted – replico con sarcasmo – es la primera vez que me muero, prometo que la próxima no cometeré semejante error.
 Soy un guía, creo que es el término más acertado. Mi función es ayudarte a cruzar al otro lado.
 Viendo tu vestuario nadie lo diría – replico en voz baja.
 ¿Cómo?
 Nada. - digo mientras me incorporo – Siento aguarte la fiesta pero ya puedes ir a buscar a otra alma en apuros porque una servidora no piensa irse a ninguna otra parte. Aún tengo muchas cosas que hacer, no estoy lista.
 ¿Y qué cosas son esas? Los muertos, como bien indica la palabra, no tienen nada que hacer. Están muertos.
 Gracias por los ánimos.
 Es la verdad.
 Soy demasiado joven, aún no estoy lista.
 Llegados a este punto la edad no importa, incluso un anciano de noventa años diría que aún no está listo. No hay vuelta atrás: has de cruzar y yo te voy a ayudar, por eso estoy aquí.
Ni le contesto, sólo resoplo aunque sé que él ha notado mi descontento. Me incorporo dispuesta a echar a andar pero no sé exactamente a donde. Me detengo de golpe cuando en un cruce un coche que va a toda velocidad me atropella, o eso hubiera hecho si estuviera viva. No sé que es, pero me doy cuenta de que algo ha cambiado: la gente y los coches se mueven mucho más rápido que antes, más de lo que yo recuerdo. Es igual que cuando rebobinas hacia delante una película. A cada segundo que pasa corren más.
 ¿Te has dado cuenta, no? - oigo la voz de Macalister a mi espalda.
 ¿Por qué van tan rápido? ¿El tiempo no es el mismo en este plano?
 ¿Plano? Es una buena definición. - repite divertido – Pero no, ellos ya están avanzando.
 ¿Avanzando? - realmente me siento estúpida, repitiendo sus mismas palabras.
 Debes solucionar pronto tus problemas y cruzar al otro lado sino irán tan rápido que jamás podrás verlos, hasta que desparezcan y te quedes sola.
 Aún no estoy lista – repito.
 Lo sé – apoya su mano con ternura sobre mi hombro – Ninguno lo estáis pero es el orden natural de la vida. Si te quedas anclada en la tierra, desaparecerás. Créeme, vas a ir a un lugar mejor donde no volverás a sufrir nunca más.
Sonia se quedó pensativa unos instantes. Por muy tentadora que le pareciera la idea aún se negaba a aceptar su muerte. Acaba de terminar una relación de la que había salido muy perjudicada y, unos meses más tarde, comenzaba a levantar cabeza y ordenar las ideas en su cabeza. No, no estaba preparada para marcharse.
 Lo siento, pero no puedo, aún no.
 ¿Por qué eres tan testaruda? ¿No me has oído? Acabarás desapareciendo ¿y entonces a quién le importará? No...
Ni siquiera le dejo acabar la frase, simplemente me alejo aunque no tengo muy claro hacia donde voy. Todo es distinto y no lo es al mismo tiempo. La gente sigue su camino como si nada, como si esto no fuera con ellos. Sin darme cuenta aparezco frente a mi casa, que es la misma de siempre o al menos eso a mi me parece. Es antigua, del siglo pasado, pero me gusta, tiene su encanto; aún hay muestras de las obras a medio terminar en su fachada, mi madre decía que así parecía un queso de gruyer gigante. No puedo evitar sonreír al recodar ese comentario.
Mi mano atraviesa el botón del timbre, hundiéndose en la pared, para mi propia frustración. Lo intento una y otra vez pero no hay manera. Al final, furiosa, lo golpeo con tanta fuerza que, sorprendentemente, suena. Miro de un lado a otro, he sido yo.
 ¿Si? - contesta una voz a través del interfono, la de mi madre.
 ¡Mamá, soy yo, soy yo! - grito con todas mis fuerzas.
 ¿Quién es? - repite pero su tono esta vez suena molesto.
 Soy yo ¿es qué no me oyes?
 No puede oírte porque estás muerta – la voz de Macalister suena a mi espalda.
 ¡Cállate!
Intento tocar el timbre de nuevo pero no hay manera, estoy demasiado frustrada para conseguirlo. Mientras, noto como Macalister me observa, siento sus ojos clavados en mi nuca. La sonrisa de autosuficiencia que esboza en su rostro me enfurece.
 ¿Por qué no me dejas tranquila? Si no vas a ayudarme mejor márchate.
 Estoy aquí para ofrecerte mi ayuda pero no la que tú quieres.
 Lo que yo decía. Lárgate.
Macalister resopló, aquel comentario le había ofendido. En su día a día como guía de almas se había encontrado con personas problemáticas y a veces incluso algo violentas pero nunca con alguien tan testarudo. La mayoría lo aceptaban bastante rápido pero con Sonia sería distinto, su terquedad le causaría problemas. Debía aceptar pronto su nueva situación sino quería quedarse eternamente en el limbo. La agarró con fuerza del brazo, estirando de ella en otra dirección. Caminaron calle abajo a gran velocidad.
 Oye ¿qué estás haciendo? - grito furiosa.
Él no contesta, sólo sigue haciendo lo que hace. Me aprieta el brazo con fuerza pero no noto su mano alrededor del mismo. Avanzamos rápidamente, incluso más que los que tenemos a mi alrededor. Miro al cielo, ante mis ojos pasan el anochecer y el posterior nacimiento del día, dos veces. Me siento algo aturdida, no sé muy bien donde estoy. El día se nubla, llueve unos segundos tras los cuales el sol sale nuevamente. Observo, abro los ojos y me percato de donde estoy: en el cementerio. Muerte y un silencio sepulcral inundan el lugar provocándome algo parecido a un escalofrío. Bloques de lápidas se acumulan por todas partes haciendo del lugar un sitio muy poco acogedor.
 Vamos – dice Macalister con sequedad.
 ¿A dónde?¿Por qué me has traído aquí?
No contesta sólo se limita a andar. Yo le sigo no sin estar muy convencida del todo. Pronto aparecen ante nuestros ojos un pequeño grupo de personas que esperan frente a una lápida en forma de corro. La mayoría visten de negro y mientras los hombres se hacen los fuertes, las mujeres se enjugan las lagrimas derramadas por la pena. Los observo, me son familiares, los conozco: son mi familia. Veo a mi tía, mis primos y a mis padres. El rostro de mi madre está desencajado por el dolor mientras que mi padre tiene la mirada perdida, sin vida.
 ¿Por qué me has traído aquí? - repito la pregunta.
De repente me siento muy pequeña, me ahogo. Me han incinerado, lo sé porque siempre se lo decía a mis padres que “ni loca me coman los gusanos” pero verlo, mi entierro, en primera fila, es algo desconcertante.
 ¿Tú por qué crees?
 ¿Podrías hablar claro por una vez? - replico molesta.
 Si lo hiciera no sería tan divertido.
No puedo evitar sentir un escalofrío al ver como el sepulturero se dirige con el elevador hacia el hueco que corresponde a mi lápida, el sitio donde se supone que mis restos descansaran eternamente.
De pronto un sentimiento extraño me asalta, no sé como definirlo, pero siento la imperiosa necesidad de ver quien a venido a mi entierro. Camino entre los asistentes encontrándome a los habituales aunque hay algo que me mosquea, busco y busco pero no encuentro lo que falta. Me enfado, es muy frustrante pero estoy contenta porque han venido los que debían estar. ¿Pero por qué este sentimiento de malestar no desaparece? Me acerco a leer las coronas que han enviado en mi honor, un bonito detalle que por desgracia no voy a poder disfrutar en este plano. Oigo un ruido, vuelvo la vista, otra decepción. Observo de nuevo a los asistentes, sus caras, sus gestos...cosas de las que yo jamás no podré disfrutar nunca más ¿Por qué me ha ocurrido esto precisamente ahora? Ahora que me estoy recuperando. Soy demasiado joven, sólo tengo veinte y seis años y toda la vida por delante.
 No sigas buscando: no ha venido y nunca vendrá.- la voz de Macalister a mi espalda me saca de mis pensamientos, sobresaltándome.
 ¿Cómo dices?
 Tú novio, no va a venir.
 Ex – novio – puntualizo, molesta.
 Ni siquiera sabe que has muerto, tú familia no se molestó en llamarle cuando falleciste. Es absurdo ¿o es que quizá querías verlo otra vez?¿Todavía le quieres?
 No, me dejó, me hizo mucho daño. A pesar de llevar nueve años juntos, de todo lo que pasamos...no dudó en deshacerse de mi cuando le convino. Yo le habría esperado, por muy mal que estuvieran las cosas entre nosotros - hago una pausa para tomar aire - Es mejor así, si estuviera aquí sería aún más difícil avanzar.
 Es lo más sensato que has dicho desde que nos conocemos.
Río sarcásticamente frente a su último comentario. No puedo evitar que un sentimiento de tristeza me invada por un momento. Se me saltan las lagrimas.
 ¿Entonces se ha acabado?¿No volveré a verlos más? - me las enjugo con la manga de la camiseta.
 Por el momento no y espero que no los veas en mucho tiempo sino ya sabes lo que significa.
 ¿Dónde está mi perra?
 Ya se ha marchado. Te está esperando al otro lado.
Me rasco el brazo nerviosamente al mismo tiempo que veo como tapian mi lápida. Mi madre rompe a llorar mientras que mi padre trata de consolarla. Me rompe el alma verla así. Finalmente, el sepulturero baja dejando el trabajo terminado; una vez pone los pies en el suelo todo vuelve a moverse a gran velocidad, más que antes.
 ¿Qué? No entiendo ¿Por qué se mueven tan rápido otra vez?
 Te han permitido ver el entierro pero ya te lo dije antes: tras la muerte los vivos siguen adelante, es ley de vida. Sufrirán, si, pero pronto volverán a su rutina de siempre.
 ¿Me olvidarán?
 No lo sé.
 ¿Por qué me pasa esto? - zarandeo a Macalister – No es justo, soy muy joven ¡por qué me haces esto!¿Tan mala he sido en vida?
 No depende de mi, ni de ti, simplemente había llegado tu momento. Debes aceptarlo.
 Mi momento de que ¿de morirme? - grito histérica – Macalister sólo tengo veinte y seis años, soy muy joven. Tengo sueños, planes por hacer, tengo cosas...
 Tenías. - aclara con severidad.
 ¡Te odio! - grito frustrada.
Sonia huyó del cementerio, corrió más rápido de lo que pensó que podría correr en vida. Sus sueños, su vida, todo se había desmoronado en pocos segundos bajo aquel andamio. Continuó corriendo sin ninguna dirección en concreto, no sabía, no tenía a donde ir ni a quien recurrir. A su memoria venían los recuerdos de su vida, algo que la destrozaba aún más. Macalister la seguía de cerca, con prudencia, se encontraba en un momento delicado y no era adecuado presionarla o no conseguiría avanzar.
Cuando Sonia fue de nuevo consciente de sus actos, apareció delante de un cine, el cine de su barrio. Como si algo tirara de ella, caminó hacia el interior del mismo con determinación. El lugar estaba a oscuras aunque a cada paso que daba una luz se encendía, indicándole el camino que debía seguir. Al fondo, unas puertas se abrieron. Sonia caminó hacia ellas, no muy convencida, penetrando en la sala donde Macalister le esperaba.
 ¿Dónde estamos? - pregunto.
 En tu limbo.
Sonia volvió a mirar la sala de arriba a abajo: era una sala normal y corriente, con asientos acolchados y una gran pantalla frente a estos. Pero no había nadie, ni acomodadores, ni servicio de bar, nada. No pudo sino sentirse algo decepcionada.
 La verdad me esperaba otra cosa: una pradera llena de amapolas, un arco iris cruzando un río de aguas cristalinas o incluso una selva pero ¿una sala de cine? ¿me estás tomando el pelo, no?
 La fantasía siempre ha estado muy unida a lo sobrenatural - afirma colocándose las gafas en su sitio – Pero no, no te estoy tomando el pelo.
 Genial – refunfuño dejándome caer sobre un asiento con aplomo - ¿Y por qué precisamente un lugar como este?
 No lo sé, cada uno es distinto: una persona, un limbo. Lo único que se es que no hay dos iguales y debes sentirte afortunada: el tuyo es el paraíso comparado con el que les ha tocado a otros.
 Para ser un guía no sabes mucho.
 Y tú eres muy quejica para tu edad.
Le hago una mueca de desagrado que él parece no apreciar. Debo reconocer que gracias a él todo se me está haciendo más llevadero. Aún no entiendo el por qué de mi muerte, es más, no es justo: todavía soy demasiado joven.
 Macalister ¿por qué estoy aquí?
 El limbo – se aclara la garganta antes de continuar – es un lugar para reflexionar, para aprender sobre lo que hemos hecho en vida y así, avanzar. Para ir al otro lado.
De pronto la sala se oscurece mientras en la pantalla nos advierten que debemos permanecer en silencio. Si no fuera porque estoy muerta, me parecería una situación totalmente surrealista. No puedo evitar mostrar mi desagrado aunque Macalister parece de lo más tranquilo.
 ¿Este es mi limbo?¿Ver una película?
 Es tú película. Tu vida y tus recuerdos.
 ¿Y cuánto tiempo permaneceré aquí?
 Hasta que aceptes tu muerte y decidas avanzar.
 Entonces, ya puedes esperar sentado.
 Es lo que estoy haciendo.
Le miro con desdén. De pronto, un pensamiento asalta mi mente.
 Espera un momento – me incorporo del asiento – El incidente de los pollos no cuenta ¿no?
 ¿Cómo?
 No importa. - sonrío.
La pantalla se ilumina mientras que la sala se queda totalmente a oscuras, no veo nada, sólo el reflejo de la misma en los cristales de las gafas de Macalister. Miro de un lado a otro, sólo estamos nosotros dos así que no veo más remedio que acceder y ver mi vida en este cine. Suena irónico y disparatado. Una voz hueca hace las presentaciones:
 “Producciones Sin billete de vuelta presenta: La muerte de Sonia, 1983-2009. Apta para todos los públicos (Se ruega silencio en la sala. Queda permanentemente prohibido fumar, comportamientos inadecuados o comer pipas)”.
 ¿Comer pipas?
 Sí, en mi época se podía hacer y era realmente molesto. Además, luego el suelo quedaba todo lleno de cáscaras. Por cierto, toma.
Macalister chasqueó los dedos apareciendo un bol enorme de palomitas, tamaño extra grande, en el regazo de Sonia. Esta no pudo sino más que sonreír de alegría.
 Puedes comer todas las que quieras. Y si se te apetece otra cosa no dudes en pedírmelo, haré lo que sea para que te sientas cómoda.
 Creía que los muertos no necesitaban comer. - digo mientras hundo mi mano en el bol – Aunque has dado en el clavo.
 Pero “ver una película sin palomitas es como comerse un huevo frito sin mojar pan” ¿no?
 ¿Cómo sabes eso?
 Ayer estuve en el pre-estreno – me sonríe con picardía.
 ¿Qué?
 Shhh... que va a empezar.
Ambos quedaron en silencio pero de lo que ninguno estaba seguro era de cuanto tiempo permanecerían en aquella sala, Sonia era muy testaruda.
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