Mi primer amor
Vania Rodríguez García - Romance - 1 Comentarios - Puntuación: 56 puntos (VOTAR)
 
Jace me acompañó todo el rato mientras caminábamos por las oscuras calles de Londres. Para esa noche me había puesto los vaqueros azules y desgastados, y la camiseta de tirantes rojas. Me encontraba cómoda, pero el tiempo había empeorado de repente, y me estaba congelando. Jace se quitó la chaqueta y me la tendió, le sonreí en forma de agradecimiento, pero él me desvió la mirada, no sin que antes pudiese comprobar el destello de tristeza que habitaba en lo más recóndito de sus ojos. ¿Qué le pasaría? Decidí no quedarme con la duda.
-¿Qué te pasa?
-Nada, no me pasa nada. –farfulló.
Me frené en seco, y le agarré por el brazo para que se parara, ya que seguía andando. Nos acercamos a la pared que había entre dos escaparates.
-Jace, nos conocemos desde hace mucho tiempo, dime qué te pasa.
-No me pasa nada, y suéltame Lena. Suéltame.
Su mirada expresaba emociones que no llegaba a entender, y me sorprendió su furia, ya que solía ser un chico difícil de enfadar, a pesar de ser misterioso y aventurero. Y no, no es mi novio. Es mi mejor amigo, eso sí. Un amigo que estaba enamorado de mí, o eso es lo que me había dicho hace dos días, fue uno de los momentos más duros de mi vida. Me quedé totalmente en blanco, sin saber qué decirle, ni como actuar. Sé que se lo tomó mal, claro que lo sé, pero no supe qué hacer. Eso lo deprimió, porque lo tomó como una negativa, y en realidad, no era una negativa, era simplemente que nunca me había planteado a Jace como algo más que un amigo. Todo transcurrió así:
“Como todos los viernes por la noche, nos encontrábamos cansados del jaleo de toda la semana. Juntos, nos fuimos a ver las estrellas, como hacíamos muchas veces. Desplegamos la manta en medio del jardín que había en su casa, y nos acostamos los dos, juntos. Siempre juntos, porque había la comodidad de dos amigos disfrutando de algo. Pero no todo es tan fácil, sobre todo cuando los sentimientos de tu amigo encierran algo poderoso en su interior, algo diferente. Ese poder se llama amor.
-Tengo frío. –susurré para no romper la magia del ambiente.
Con su mano rodeándome los hombros, alcanzó a coger la punta de la manta con la que me tapó todavía más.
-Si quieres podemos volver a casa. –ofreció con tono forzado, ya que le gustaba mucho mirar las estrellas, contemplarlas en todo su esplendor.
-No hace falta, se está bien aquí. Me siento bien, y si tu también, ya está.
Me sonrió con ternura, y algo en mi interior se removió, aunque no supe descifrar el qué. Desvié la mirada, y la centré en el cielo. Esa noche estaba oscuro, y profundo, casi temeroso. Pero las estrellas hacían que pareciese cálido, acogedor, e incluso divertido. Era una noche especial de eso estaba segura.
-¿En qué piensas? –preguntó Lena.
-En ti. –respondió tras un largo silencio.
Me sorprendió su respuesta, y me recosté sobre mi costado derecho para mirarle directamente. Me alegré de que fuese de noche y no me hubiese visto sonrojarme.
-¿En mí?
-Sí, estaba pensando en lo mucho que me gusta estar aquí, contigo.
Le sonreí, y me volví a colocar sobre la manta, con la cabeza apoyada en su pecho.
-Me pregunto que estaría pensando la gente si nos viese así. Sería extraño, ¿no crees?
-Me da igual lo que piense la gente, Lena. Y a ti tampoco debería preocuparte.
-Lo sé.
Nos quedamos unos minutos en un silencio, que lejos estaba de parecer incómodo. Noté como poco a poco se me fueron cerrando los ojos, junto a la lentitud de mi respiración, y al monocorde ascenso y descenso del pecho de Jace al respirar. Podía oír a su tranquilo corazón latir, sin asomo de tensión, eso me relajaba.
-¿Sabes lo que me gusta de ti, Lena? Me gusta cuando por las mañanas me esperas enfurruñada delante del instituto porque siempre llego tarde. –dijo entre risas. –Me gusta que cuando estás en clase siempre estés tatareando tus canciones favoritas porque te hace más llevadero el escuchar al profesor. Me gusta que cuando estás en tus ensoñaciones te pongas a dibujar, y que luego escondas tus dibujos porque sabes que todos tus pensamientos han sido reflejados mientras dirigías tu lápiz de un lado hacia otro sin darte cuenta. Me gusta cuando te quedas dormida todos los jueves, viendo una peli en mi casa, y tengo que llevarte a mi cama con cuidado, ya que sino eres capaz de soltarme la Biblia entera, una vez me dijiste todo por lo que estabas enfadada conmigo, cuando estuviste todo un día enfurruñada. Me acuerdo porque estaba desesperado por que me lo contaras, y tu, terca y ceñuda, no me lo dijiste. En cambio dormida lo dices todo, incluso lo que sientes… No puedes dormir si te acorrala una preocupación, o si le quieres decir a alguien algo, o si simplemente deseas decirle al mundo lo mucho que deseas hacer algo.
Me conocía tanto, después de decir esto, estuve en silencio un buen rato con la mirada perdida. ¿Qué le habría dicho todas las veces que me había quedado dormida en su casa? Por un momento necesité salir de allí, me sentía demasiado avergonzada.
-¿Qué más te dije? –pregunté preocupada.
-Hace un par de años, cuando se marchó tu padre, estuviste todo el día insultándole, odiándole, cuando te quedaste dormida en mis brazos, dijiste lo mucho que deseabas que volviera, y lo que anhelabas desayunar con él, como antaño, cantando las canciones de la radio, a todo volumen, haciendo enfadar a tu madre. O hace dos años, que te cabreaste con Victoria, me dijiste que deseabas volver a compartir con ella todos tus secretos, después de haber estado toda la tarde farfullando que no la necesitabas para nada. Siempre fuiste más sensible de lo que te crees que eres. Eso me gusta, me ha permitido conocerte mejor, como cuando… -se interrumpió bruscamente, como si hubiese querido no decir nada.
-¿O como cuándo…? –le invité a seguir su explicación.
-O como cuando… O como cuando me dijiste que querías que no te dejara sola, que tenías miedo del mundo, que te daba miedo la soledad, que no querías que nadie más te abandonase, que me querías, y que no querías separarte de mí. –susurró casi con miedo.
Me quedé blanca, ¿cómo podía haberle dicho yo eso? Pero esto fue cuando… ¿cuándo?
-¿Qué día te dije eso?
-Cuando te dejó tu primer novio, y creíste que el mundo se acababa ahí. Estuviste llorando toda la semana.
Me acuerdo de ese momento, me sentí como si se me hubiese desgarrado el alma. Danny, si, él, lo había dado todo en esa relación, estuvimos saliendo dos meses, hasta que él decidió cambiar de chica. Para Danny solo había sido un rollo, y ya le pareció que estuvo demasiado tiempo conmigo, pero para mí, era mi primer amor, un momento mágico, soñado, pronto descubrí una de las lecciones más importantes de mi vida. El primer amor no siempre es el primero, sino el que sientes tu como verdadero amor. Cuando te compenetras tanto con esa persona como para estar toda la vida a su lado, o como para terminar las frases que empieza el otro. Es un sentimiento difícil de conseguir, por eso no siempre, tu primera pareja es tu primer amor.
-A lo mejor todo lo que te dije era verdad, a lo mejor sin darme cuenta había encontrado a alguien desde hace tiempo, y yo estuve ciega la mayor parte de mi vida. Son cosas que ocurren.
Lo primero que se me pasó por la cabeza son las palabras que acabo de decir. Salieron de mí sin pedirme permiso, y ni siquiera soy capaz de decir si me arrepiento o no.
-Ese día me hiciste sonreír, me hiciste ser feliz, y siempre te lo agradecí. Y sabes bien que nunca te abandonaría, y que no hay cosa que más desee que protegerte del mundo, o acunarte en mis brazos.
Le miré sin dejar que mi rostro trasluciera ninguna expresión. Simplemente me quedé quieta. No sabía qué hacer, ni qué decir. Porque descubrí que sí le quería, aunque temía que él me rechazase. Quizás él sí era mi primer amor, pero no quiero que esto se acabe, o que no me vuelva a hablar, no después de comprender por fin mis sentimientos.
Aunque y si me quería y estaba haciendo el tonto. ¿Qué pasa si esto no funciona, qué pasa si esto se acaba y luego no nos volvemos a hablar? No, es mejor no hacer ni decir nada, es mejor dejarlo todo como está, es más seguro, menos arriesgado.
-Lena, yo tengo que decirte, que…
Se detuvo unos segundos, entre azorado y temeroso.
-Yo… te quiero, Lena.
Bien. Ya estaba dicho, él también me quería. Solo hay una diferencia, que él ya lo sabía. Pero eso no era difícil de creer, siempre fue el más listo, el que tomaba las decisiones, siempre fue el que estaba seguro en todo momento de sí mismo, y por eso, era normal que ahora y antes supiese a quien quería. Yo, como una imbécil, había tardado años en descubrirlo. Y gracias a él. Porque él me conoce, me entiende, sabe todo de mí. Él si es capaz de acabar las frases que yo digo, y él, solo él sabe como me siento. Solo él es capaz de aguantarme todos los días a todas horas, y responder a todas las preguntas que le hago en clase, cuando en realidad quiere atender a la explicación, y, aún atendiendo, se fija en mis dibujos.
Le miré intensamente a los ojos. A sus bellos ojos marrones, que tanto me gustaban.
-Eres preciosa.
Sonreí para mis adentros. No era la primera vez que me lo decía, y siempre después de mirarme a los ojos. Siempre decía que le encantaban mis ojos porque le recordaban al verde del campo, y lo que le gustaría a él vivir en la naturaleza, y ducharse en un arroyo, y poder tardar lo que quiera al volver a casa, porque estaría por ahí disfrutando de todo lo que le regala la tierra. Todavía recuerdo nuestras infinitas conversaciones sobre nuestros planes futuros.
Se acercó a mí. Iba a besarme, pero no, esto no podía empezar aquí. Porque siento que iba a ser el principio del fin. Me quedé quieta unos segundos más, pero no podía dejar que me besase, aún a pesar que era lo que más deseaba en el mundo.
-No debiste haberme ocultado nada de lo de los sueños. Ha sido muy grosero por tu parte. –le solté.
Noté como su cara se volvía en una mueca decepcionada, poco después pasó a una furiosa comprensión que no logré entender.
-¿Pero por qué tienes miedo?
-¿Qué dices? Yo no tengo miedo.
-Siempre cambias de tema cuando te da miedo hacer o decir algo. Te conozco, Lena. Te da miedo reconocer que te has enamorado de mí, y no te has dado cuenta. Te da miedo saber que todo esto podría terminar, que te podría abandonar como ha hecho tu padre, y que te quedarías sola. Eso es lo que te da miedo.
Me dolió profundamente lo que me dijo, aún a sabiendas de que era verdad. Sí, todo lo que había dicho era verdad, pero no estaba preparada para asumirlo. Ni por asomo estaba preparada.
La visión se tornó borrosa, y me levanté casi a ciegas, buscando a tientas algo a lo que aferrarme.
-¿Qué haces?
-Irme, ¿es que no me ves?
-Lena, no puedes seguir haciéndote esto. No puedes limitarte de esa manera. Tienes que ser feliz, sin preocuparte nada ni nadie. Lo mereces, y es más, te lo debes.
-Basta, Jace. –intenté parar en un susurró casi inaudible.
Me fui, sin siquiera parar a recoger mis cosas. Necesitaba salir, necesitaba pensar, y sobre todo, necesitaba no sentirme atada. Todo era muy difícil, sobre todo pensando que nuestra amistad había acabado de igual manera que si la relación de amigos con derecho a roce hubiese funcionado.”
-Precisamente por que nos conocemos desde hace tiempo, deberías saber ya bien lo que me pasa.
Ahora, recordando todo lo sucedido, detalle a detalle, había adivinado sin dificultades lo que le pasaba. ¿Pero bueno, es que acaso no era ahora la oportunidad? Ya era hora de dejar de estar anclada en el pasado. Él tiene razón, merezco ser feliz. Porque si se piensa bien, esto no tiene sentido. Todo podía acabar mal, un enfado, un rechazo, o mismo una mentirijilla piadosa, todo podía afectar a nuestra relación de amigos. Todo podía desmoronar nuestra amistad. Pero si cosas tan menudas, cosas tan simples, lo destrozaban todo, era que nuestra amistad dejaba bastante que desear. Pero nada es fácil, y si todo iba a acabar así, si todo iba a acabar en una noche, en la noche de hace dos días, en concreto, prefería arriesgarme. Era la mejor opción.
-Jace, escucha…
-Déjalo ya, Lena, no quiero oír lo mismo de…
Él me interrumpió, y yo le interrumpí a él. Si estáis buscando una solución a esto, es fácil. Yo le besé en ese preciso instante. Simplemente coloqué mi mano derecha sobre su mejilla y uní mis labios a los suyos. Cuando me separé de él, estábamos los dos jadeando.
-Lena, ¿y esto…?
-Te quiero, Jace. Te quiero. –el último te quiero se convirtió en un suspiro.
Él me miró serio, estaba intentando comprenderme. Yo me eché reír. Reí y reí hasta casi llorar. Era feliz, y mucho.
-¿Por qué te ríes? –preguntó ahora curioso.
-Porque soy muy feliz, y porque te quiero, te quiero con toda mi alma, Jace. Y siento no haberme dado cuenta antes, lo siento de veras. Pero quiero pasar todo el tiempo posible a tu lado, porque entonces, y solo entonces, seré feliz.
-Y yo quiero que seas feliz, Lena.
Se acercó a mí, y ésta vez fue él quien me besó. Poco a poco y lentamente, pero disfrutando. Fue éste, sin duda alguna, el beso más importante de mi vida, y ¿a que no sabéis por qué? Es fácil, porque esta vez, esta vez si, estaba besando a mi primer amor.

Pude recordar aquel momento como si fuera el más especial de vida. Nunca en la vida me pude sentir más especial, más viva que en ese instante. Fue como si el tiempo se parara momentáneamente para recordarte que tu también puedes ser feliz. Y eso quiero hacerte ver, que tu también puedes ser feliz.
Le doy a este relato
puntos

c2s1r dice:
03/10/2009
No es la primera vez que me sorprende esta joven escritora, así como no deja de sorprenderme su blog. Es grande en imaginación y genial en tesón y constancia. Felicidades

 
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