Me encontré a Rosalyn en la calle, junto al cubo de la basura.
Alguien la había tirado.
Estaba sucia y algo rota y su vestido de color rojo sangre estaba algo negro.
Me la llevé a casa y la arreglé. También le hice un bonito vestido nuevo, fucsia, con sus zapatos a juego y una pequeña horquilla para la cabeza.
Le lavé un poco el pelo y le puse alguna cuerda que le faltaba, porque la muñeca era una bonita marioneta.
Lo último que decidí fue el nombre.
Dudé entre Mary y Rosalyn, me decanté por este último.
Me pareció más apropiado para una marioneta tan preciosa como ella.
Al irme a dormir coloqué a Rosalyn junto a mi cama, en la mesita de noche.
La senté mirando hacia mi cama.
Nunca imaginé que Rosalyn me despertara llorando a mitad de la noche.
Las marionetas no hablan, ni ríen, ni lloran... No tienen vida.
Pero Rosalyn no es una marioneta cualquiera, es la más especial de todas.
- ¿Por qué lloras? -le dije cogiéndola en brazos.-
- Nadie me quiere, me tiraron a la basura. -siguió llorando.-
La abracé. Era tan bonita.
- A mi me gustas, por eso te traje a mi casa. Desde hoy yo te querré.
Rosalyn dejó de llorar y me regaló una sonrisa.
Mi pequeña marioneta mantiene esa sonrisa desde aquel día, intacta para mí.
Durante el día es una marioneta normal, pero por la noche solemos jugar y hablar, también reímos y si hay que llorar, lo hacemos, porque llorar no es nada malo. |