Este relato se lo dedico, muy afectivamente, a toda la gente que siempre dijo que no sería capaz de lograr lo que me proponía. Para todos los faltos de perspectiva, fe y visión. Vuestras negativas fueron un aliciente poderoso para seguir adelante.
En la cocina hay un olor rancio, como de comida en mal estado. La luz está cortada en toda la casa. El whisky me baja por la garganta, quemándome como el demonio, y salpicándome un poco la barbilla. Desde el sótano, llega un rugido tremendo, como el que lanzaría un lobo o un oso herido. Me llena los oídos y hace que el vaso de whisky me tiemble en la mano. Mis pantalones están manchados de sangre, ya reseca, y mis botas llenas de mierda. Otro trago y la cabeza me da vueltas, no recuerdo cuantos me he tomado ya, pero no me interesa saberlo. Deja aquí la botella, Sam. Otro rugido y un golpe estruendoso. Escaleras abajo, en el sótano, la oscuridad debe ser total. Me levanto de la silla de la cocina y camino por el pasillo, con la escopeta en la mano, hasta la puerta del sótano. Toda la casa tiene ese puto olor a comida rancia. Desde detrás de la puerta, oigo gritos que no me dejan en paz. Toda la casa se llena con los rugidos que suben desde abajo. Si alguien entrase ahora, se cagaría vivo.
- ¡Deja de gritar, Sam!- doy un golpe en la puerta con el cañón de mi escopeta de caza.
Los rugidos cesan durante un segundo y después vuelven a subir por las escaleras, con más fuerza que antes. También golpes, cosas que se caen. Está atado a la mesa de trabajo, la que me regaló Emmy cuando hicimos veinte años de casados. Adoro esa puta mesa, si le hace un sólo arañazo, lo mato.
- Te ayudaré, hijo, pero tienes que poner de tu parte.
- ¡Me muero de hambre!- No es la voz de mi hijo, es ese cerdo, intentando engañarme.
- ¡No te daré nada de comer, puerco!
Escupo en el suelo y vuelvo a la cocina, con la escopeta firmemente sujeta entre mis manos. Si decide soltarse y subir a buscar pelea, la va a encontrar. Más whisky, desde hace años no tengo suficiente alcohol en casa. Desde que Emmy murió. Mi hijo Sam y yo enterramos a su madre en su pueblo natal, así que cada vez que quiero ir a verla tengo que conducir casi una hora. Por eso tampoco gano para gasolina. Cuando Emmy se fue, la casa quedó vacía. Vacía, silenciosa, rancia... Emmy se fue y se llevó casi todo lo que me importaba. Me quedó Sam, nuestro hijo. Y ahora ruge, atado al sótano de nuestra casa, seguramente destrozando la mesa de trabajo que su madre me regaló en nuestro veinte aniversario. No, esa bestia no es mi hijo. Mi hijo era una buena persona, un buen cristiano, que ha sido embaucado por el demonio. Levanto la escopeta y la dejo apoyada en la mesa. A Emmy no le gustaba que la tuviese, hacía años que no salía de caza, y ya sólo servía para decorar el salón. O para coger polvo, como decía ella. Pero yo siempre he sabido que una casa donde hay un arma, es una casa segura. Al final, los años me han dado la razón, cariño.
- ¡Me muero de hambre!- grita el puerco, desde el sótano.
- ¡Tengo una tumba cavada con tu nombre!- me levanto y doy un golpe en la puerta-¡Dame una razón, hijo de puta!
Los gritos van a acabar por despertar a los vecinos. He hecho bien en encerrarle en el sótano, eso me hará ganar tiempo. Tengo que pensar, pensar en qué hago con él. La bebida no me ayuda. ¡A la mierda! ¡Es mi hijo! No puedo matarlo, eso está claro. Ese cerdo tiene que dejar a mi hijo libre, antes de que lo mate. Escucho golpes y me pongo más nervioso, ¿qué diría Emmy si estuviese viva? No voy a dejar que nos quiten a nuestro pequeño, te lo prometo.
Cuando Sam vino a casa por primera vez, cubierto de sangre, casi me muero del susto. Estaba pálido y sudaba. Tenía la cara y las manos llenas de sangre seca. Llamó a la puerta como solía hacerlo él, con los nudillos, nunca con el timbre. Acerqué la escopeta a la mirilla y le vi, a mi hijo, al pequeño Sam, cubierto de sangre. Al principio pensé que le habían hecho algo. Es mayorcito, y lleva años viviendo solo, no muy lejos de aquí. Pero nadie está nunca a salvo.
- ¡Dios mío, hijo! ¿Qué te ha pasado?
- Nada papá, necesito sentarme...
No podía casi tenerse en pie. Le llevé a la cocina y le preparé una taza de leche caliente, con un chorro de ginebra. Se secó la cara y las manos con un paño mojado, y entonces me di cuenta de que la sangre no era suya.
- Hijo mío, ¿qué ha pasado?
- He hecho algo horrible, papá- casi no podía ni hablar, parecía agotado.
- Tranquilo, Sam, sea lo que sea lo arreglaremos.
- No he sido yo papá, ¡ha sido él! ¡No he podido evitar que lo haga!
- Tranquilo, tranquilo- me acerqué a él y le froté la espalda.
Hacía tiempo que no me sentía tan cercano a él, aunque suene macabro reconocerlo-. Cuéntamelo todo.
Al ver las manos de mi hijo, casi me da un infarto. Sus uñas, completamente negras, los dedos huesudos y casi grises. Parecían las manos de un moribundo. Tuve tanto miedo al pensar que podría estar enfermo, o muriéndose. Tuve tanto miedo de perder lo único que me quedaba de Emmy. Pero Sam no se estaba muriendo, no del todo. No, de momento. Con la escopeta cerca de mí, como lleva semanas, Sam me explicó todo lo que había pasado. Palabra por palabra.
- Al principio no supe lo que pasaba, ¡lo juro! Pero después de un rato me di cuenta de que algo iba mal, aquella chica era muy guapa, y yo la deseaba...Pero no la deseaba de manera normal.
- ¡Por Dios! ¿A qué te refieres, hijo?
- Cuando hice el amor con ella...algo me salió de dentro. Un impulso, me volví como loco, no podía detenerme por mucho que quisiera. Primero la mordí en el cuello, demasiado fuerte, y ella gritaba, pero después seguí mordiéndola, por todas partes...- Sam tembló y se encogió en la silla-. Me la empecé a comer, ¡me la comí papá! Me comí a esa pobre chica...me la he comido...me la he comido...lo he hecho...lo he hecho...comido...
Durante un rato no pude sacarle ni una palabra más. Tampoco lo intenté demasiado. Sam repetía una y otra vez, acurrucado en la silla de la cocina, la misma frase. Me la he comido. Me la he comido. Al principio no entendía lo que me decía. Y entonces volví a fijarme en la sangre. En la expresión enfermiza de mi hijo. Y él no paraba de repetirlo: me la he comido, me la he comido, me la he comido...
Esa noche, Sam durmió en casa. No le quité ojo mientras dormía, con el vaso de whisky en la mano, sentado en la cama, y la escopeta a mi lado. No iba a disparar contra mi propio hijo, eso está claro, pero tampoco iba a dejar que ese demonio se lo llevase. Porque estaba claro que mi hijo no se había comido a nadie. Había sido el demonio. No había otra explicación. Soy un hombre temeroso de Dios, y estoy orgulloso de serlo. No voy a dejar que mi propio hijo caiga en ese abismo. La primera noche en que Sam durmió aquí, no escuché ni una respiración venir de su cuarto. Dormía como lo había hecho años atrás, en calma, completamente tranquilo. Como cuando su madre vivía. Mi pobre Emmy, sin duda esto la habría matado.
- ¡Necesito comer! - el rugido es tan tremendo que me saca de mis pensamientos.
- ¡Cállate, maldito hijo de puta!
Por la ventana de la cocina, veo que los vecinos han encendido una luz. Mierda. Son más de las doce de la noche, creerán que pasa algo raro. ¿Habrán oído la voz de mi hijo? ¿Mi propia voz? ¿Qué pensarán de todo esto? Debo darme prisa, tengo que hacer algo con él.
Durante un tiempo, pensé que todo había terminado. Sam buscó ayuda, el párroco del pueblo le estuvo guiando por el buen camino, ayudándole a combatir a ese demonio que se comía a la gente. Durante un tiempo, Sam estuvo viviendo conmigo. Y yo no podía ser más feliz, lo reconozco. Sea lo que sea lo que ocurrió aquella noche, en parte, por horrible que fuese, me había devuelto a mi hijo. Incluso alguna chica se había fijado ya en él, pero le prohibía salir de casa demasiado tarde, por seguridad. El demonio ataca cuando menos te lo esperas. El párroco, un hombre piadoso llamado Lawrence, vino varias veces a comer a casa. Todo parecía normal. Sam estaba curado. Y entonces, un día, llegué muy pronto de mi habitual partida de cartas en el bar. Escuché ruido en la habitación de Sam. Me acerqué al salón y cogí la escopeta. En el sofá, tirada de cualquier manera, había una camisa rosa. De una mujer. Y, de pronto, la reconocí. Era de una chica del pueblo. Linda, o Lisa, o algo así...¡Mierda! Subí las escaleras corriendo, con la escopeta cargada, y abrí de una patada la puerta del cuarto de Sam. Y allí estaban, la cama y las paredes manchadas de sangre, la chica tumbada sobre la almohada, con los ojos inexpresivos mirándome directamente. Y Sam sobre ella, comiéndosela como haría una alimaña, mordiendo con rabia y arrancando trozos de carne cada vez más grandes. Y entonces, los ojos de la chica se movieron y buscaron la ventana. Movió los labios, intentado pedirme ayuda. En ese momento, el poco mundo que quedaba para mí, se me vino encima. Mi hijo se estaba comiendo a otra pobre chica. Y ella todavía estaba viva. Viva para ver como la devoraban poco a poco. Levanté la escopeta y apunté a la espalda de Sam.
- Aparta de ahí.
- ¿Papá?- Sam se volvió hacia mí y me miró a la cara con la boca ensangrentada y los ojos desorbitados-. Ayúdame papá, ¡ayúdame!
¡Haz que pare!
Maldita sea, era mi hijo, seguía siendo mi hijo, ¿qué otra cosa podía hacer? Enterramos a la pobre chica un par de kilómetros lejos de aquí, en el bosque. Mi camioneta aún huele a virgen devorada viva. Durante todo el trayecto de camino al bosque, con la boca ensangrentada y tapado con una vieja colcha, Sam no paraba de llorar. Repetía:
- Lo siento papá...lo siento tanto...no he podido pararlo...no he podido...
- Tienes un demonio dentro, hijo mío, pero lo venceremos. Juntos, lo venceremos.
- Es él...no era yo...es el Devorador...el Devorador...
- Lo sé hijo mío, lo sé. Pero le venceremos.
En el pueblo se habló de ello un tiempo. La chica desaparecida era hija de uno de los capataces de la serrería. Una tragedia. Diecisiete años. Sólo Sam y yo sabíamos la verdad. El Devorador. Desde que Sam lo llamó así aquella noche, ese ha sido su nombre. No es mi hijo, mi hijo no se come a la gente. Al principio podía controlarle, con ayuda del párroco Lawrence le encerrábamos en los peores momentos, en el sótano o en su habitación, y esperábamos a que se calmase. A veces, el padre Lawrence traía algunos somníferos y conseguíamos que se durmiese. Cuando Sam se "transformaba" perdía la razón, le daba lo mismo atacar a su padre o a un desconocido. Sólo repetía una y otra vez que necesitaba comer. Igual que ahora. Pero ya no hacía excepciones entre hombres o mujeres. Cada semana conseguía escapar y comerse a alguien. Aparecía tumbado en su cama, a la mañana siguiente, con restos de sus víctimas entre los dientes, con sangre en todo su cuerpo y, normalmente, desnudo. Parecía más un animal que un hombre. Y yo intentaba tapar todo lo que hacía. Pero se estaba descontrolando.
- Sam, no podemos seguir así, ¡tienes que poner de tu parte!- le dije, esta noche.
- Lo intento papá, pero él es más fuerte que yo.
- El poder de Dios está de tu parte hijo mío. ¡Dios te ayudará a vencerle!
- ¡Dios no tiene nada que ver, viejo!
Y Sam saltó sobre mí e intentó moderme. A mí, a su propio padre. Estaba fuera de control. Conseguí quitármelo de encima y salté hacia el salón, a por mí escopeta. Pero el cabrón fue más rápido que yo y me asaltó en mitad del pasillo. Estoy viejo para pelear, y me ganó terreno, me tiró escaleras abajo, al sótano. Y una vez abajo no pude ver nada. El muy cerdo arrancó de cuajo el cuadro de luces. A oscuras. En mi propio sótano. Peleando contra mi propio hijo. Estaba en una pesadilla. En una pesadilla, o en el Infierno. El Devorador me saltó encima en medio de la oscuridad y caí sobre la mesa de trabajo. Me estaba haciendo polvo. Y entonces lo vi, bajo la mesa, un cepo. Pertenecía a la época en que solía salir de caza, estaba oxidado y maltrecho, pero serviría. Esperé a que se acercase lo suficiente. Era flaco, pálido, de mirada perdida y dientes afilados. No parecía mi hijo. Esa cosa, no era mi Sam. Mi pobre Emmy, ¿qué diría? Volvió a la carga y le conseguí atrapar un pie con el cepo. Rugió, como un león, forcejeó y casi consiguió atraparme de nuevo. Pero estaba acabado, no podría salir de ahí. Le encadené a la mesa y subí las escaleras, sin detenerme a arreglar el cuadro de luces de la casa. Sin mi escopeta, no me sentía seguro.
Y lleva dos horas allí abajo. Hace un rato que ha dejado de gritar. Un padre no debería enfrentarse a esto, sin duda es una prueba que Dios me ha puesto. Una prueba de fe. Como Abrahám: "Sacrificarás a tu hijo". Todo se hace más fácil cuando estás borracho, así que bebo hasta que casi no me puedo mantener en pie. En mi propio jardín, el jardín que tanto le gustaba a mi querida Emmy, el jardín en que mi hijo jugaba de pequeño, hay enterrados dos cadáveres a medio comer. Dos chicas jóvenes, me parece. Supongo que en el pueblo ya todo el mundo lo sospecha. Desde la ventana de la cocina veo que la luz de los vecinos no se ha apagado. Seguramente estén llamando a la policía. Estoy perdido. Sam está perdido. El Devorador ha ganado. Abro la puerta del sótano con la escopeta en alto. Pase lo que pase, siempre te querré Emmy, mi querida Emmy. Lleva mucho tiempo sin gritar, y cuando bajo la escalera, pese al crujir de la madera podrida, no se escucha nada. Mi pobre Sam, no tengo otra opción, hijo mío. Dios te acogerá en su seno. Dios es misericordia, hijo mío. El Devorador sigue encadenado a la mesa, que está volcada en el suelo. No se mueve. Parece incluso más flaco, no hay suficiente luz para ver bien, pero intuyo que tiene los ojos cerrados.
- Bastardo, si pierdo a mi hijo por tu culpa, me las pagarás.
Levanto la escopeta y le apunto directamente a la cabeza de hijo de puta satánico que tiene. No se mueve. No responde. ¿Querrá pillarme con la guardia baja? Me acerco y enciendo el mechero, intentando ver algo. Y lo primero que veo, es sangre. Sangre a los pies del cuerpo inerte de mi hijo. Y lo siguiente que veo, son los brazos de mi hijo, mordidos, ensangrentados, despellejados. Y lo siguiente que veo es el interior de los huesos de los brazos de mi hijo. Y la boca ensangrentada del Devorador. No respira. Se ha intentado comer así mismo. Se ha comido a mi hijo. La escopeta cae y se dispara. Llaman a la puerta. Será la policía.
Te has comido a mi hijo...
Bastardo.
Se ha comido a mi hijo... |