El extraño que hay en mi
Pedro P. Enguita Sarvisé - Ciencia Ficción - 0 Comentarios - Puntuación: 69 puntos (VOTAR)
 
La potente luz de un foco me despierta. Instintivamente entorno los ojos y aparto la cabeza. Emito un lastimero bufido mientras intento recordar quién soy y qué hago aquí. Entre tanto siento un molesto hormigueo en las extremidades. Las noto, sé que están ahí, pero no puedo moverlas. Por unos instantes el pánico se apodera de mí.
De repente todo vuelve a mi mente. Soy una estúpida, a estas alturas ya debería estar acostumbrada a los cambios de cuerpo. Al fin y al cabo he pasado por esto muchas veces. Siempre es igual, tras cada cambio de cuerpo el cirujano bloquea todas las funciones no esenciales; de no ser así la mayor parte de los pacientes terminarían por los suelos cuando, demasiado confiados, intentaran moverse.
–¿Cómo te encuentras? –me dice la cirujana. Veo su cabeza asomando encima de mí e intento decirle que bien, aunque sólo logro emitir un débil gimoteo–. Tus cuerdas vocales aún están algo dormidas. Voy a reconectar tus funciones motrices. Cuidado, no te muevas.
No noto nada. Sé que está accediendo a mi cerebro para reconectarme como si se tratara de un administrador de sistemas informáticos y, en el fondo, es de lo que se trata. Al fin y al cabo lo que llamamos “cerebro” no es más que un ordenador hiperdimensional; mi cerebro orgánico lo lanzaron al cubo de basura junto al resto de mi primer cuerpo, a los cinco años.
–Ya está –anuncia–. Intenta mover los dedos de tu mano izquierda. Bien. Ahora sólo el pulgar.
Levanto el corazón.
–Eres una sinvergüenza –me dice con una carcajada, somos amigas desde la Universidad; bueno, por aquella época éramos amigos, pero de eso hace muchos cambios de cuerpo–. Venga, siéntate, pero no te muevas.
La cirujana lanza órdenes telepáticas a una unidad de control y, poco a poco, noto cómo vuelven las funcionalidades de mi nuevo cuerpo. La mente se me despeja, los sentidos vuelven a ponerse en su sitio, los músculos dejan de temblar, un hambre atroz aflora en mis vacíos intestinos y…
–Vaya, veo que también te funciona –dice, señalando mi pene erecto.
A veces desearía que ciertas comprobaciones se dejaran para la intimidad de casa.
–Ya casi no recordaba cómo es tener uno –digo, mirando hacia abajo.
–Te aseguro que no recuerdas nada parecido a esto. Es el primer modelo que incorpora una capacidad multiorgásmica de verdad para los hombres. Créeme –me dice con una sonrisa cómplice–, te va a encantar.
Me visto con cuidado pues aún noto los las extremidades entumecidas y, además, no me gustaría abusar de mi nueva y poderosa musculatura hasta haberme acostumbrado a ella. Afortunadamente el cuerpo viene con la vestimenta correspondiente. No es gran cosa, claro, pero al menos me permitirá salir a la calle. Veo colgada en una percha la ropa de mujer que llevaba puesta apenas unas horas antes pero ya no me interesa. Me detengo unos momentos para entretenerme con una pantalla holográfica en la que se exponen las últimas novedades del mercado de cuerpos. Por lo que se ve este año se vuelven a llevar las tetas grandes. Sonrío, he escogido un buen momento para volver a ser hombre.

Hace más de dos años que no soy hombre –una eternidad– y me cuesta trabajo moldearme de nuevo a ese andar masculino tan resultón. No en vano los cuerpos de mujeres que suelo comprarme son casi siempre esculturales: tacones de aguja, escotes descomunales, nanofilamentos de carbono en los pechos y servomecanismos para agudizar el contorneo de caderas. Al encontrarme de nuevo en el tosco cuerpo de un hombre me siento al principio desconcertado y eso, reconozco con embarazo, que nací hombre. Tras un par de tropiezos comienzo a recordar cómo andar con esa chulería tan característica de los hombres. La barbilla erguida, el pecho sacado, el paso firme y luciendo con orgullo los bíceps, que para algo los he pagado.
No todos los cuerpos son como el mío, claro. Yo siempre escojo lo último de lo último, para envidia de amigos y compañeros de trabajo pero, como suelo decir, yo no les obligo a tener mal gusto para elegir sus propios cuerpos.
Hay gente sin estilo, que usa cualquier cosa. Cuerpos para ir a la oficina, perfectamente tallados para llevar traje pero carentes de la más mínima gracia. Otros, también por motivos de trabajo, se ven obligados a comprar grotescos amasijos de carne sólo aptos para el buceo, con piel de plomo para trabajar en el interior de reactores nucleares o como mecánicos espaciales.
Veo pasar una mujer a mi lado. Es una spacex, a juzgar por su aspecto yo diría que proveniente de la atmósfera de Venus. Su desnudo cuerpo de plastimetal refleja la luz del sol y mueve sus alas de una forma tan sensual que me parece imposible que ese ángel haya nacido en un planeta capaz de fundir el plomo y horadar la piel con ácido sulfúrico. No me extraña que los venusianos tengan fama de vestir siempre a la última. Casi sin que me dé cuenta mis ojos se clavan en su trasero. Sonrío, ahora ya sé que la ultratestosterona ha hecho efecto.
Llego a una atiborrada intersección. Un rebaño de seres humanos cruza de un lado a otro de la calle, pasando delante de conductores siempre enfurruñados porque llegan tarde. Oigo un par de gruñidos a mi espalda cuando algún zoquete, en medio de la barahúnda, tropieza con mi musculatura.
Es curioso cómo el ser humano reacciona ante el anonimato que proporciona estar cambiando continuamente de cuerpo. Los hay que caminan con la cabeza gacha, como si tuvieran miedo de todos esos desconocidos. Generalmente son los que se compran cuerpos más utilitarios y no tienen dinero, tiempo o gusto por customizárselos. Otros, conscientes de su impunidad, se deleitan con pequeñas picardías como tocar las tetas ajenas.
En realidad no existe el anonimato completo. Todos tenemos un router que emite y recibe los IDs ajenos. La señal va directamente al cerebro. Por supuesto, podemos decidir quién puede ver nuestra ID aunque para la policía no hay nunca secretos de este tipo. Mi ID es EU8749550022, aunque nací como Ricardo/Mónica Sventi.
Se hace tarde, así que enfilo el camino a casa. Los últimos rayos de sol se ocultan en el horizonte, rasgando aún las imponentes moles de los rascacielos. En los resquicios que dejan los edificios se ve un cielo salmón, salpicado por las estelas de los transbordadores que se elevan al espacio.
Envuelto en mi anonimato tomo un maglev que me lleva a la periferia. El tren circula kilómetros y kilómetros por túneles sin que yo llegue a fijarme en otra cosa que en las luces que desfilan asépticamente ante mis ojos. Emerjo en una barriada residencial de edificios vetustos. Hay gente que vuelve del trabajo. Otros deciden salir ahora de casa, como si el ciclo del sol no fuera con ellos. Por todas partes la gente parece haberse desprendido del artificial cascarón que lucían en el centro y se dedican a vagabundear con la poca dignidad que les queda; siento un escalofrío al ver a tanta gente alienada. Es como si la mente de algunos no se llegara nunca a amoldar al cuerpo que la alberga.
Llego a casa, ubicada en un elevado rascacielos cuya cima queda oculta tras una indefinida capa de nubes grises. Monto en el ascensor y, mientras este asciende a toda velocidad, me pregunto por qué debe ser que cada cambio de cuerpo se vive de forma diferente. Los edificios me parecen más rectos, más altos y sus deslumbrantes luces me resultan mucho más acogedoras que con el anterior cuerpo.
El ascensor se detiene y salgo al rellano. Allí, activando su transmisor para abrir la puerta, se encuentra Ludmilla, perfectamente integrada en su espectacular cuerpo de mujer. Viene del trabajo en las minas de uranio; la verdad es que no sé cómo se las apaña para manejar la excavadora con ese físico. A veces le digo que se compre un cuerpo más robusto y con una interfaz de conducción completa, pero siempre desdeña el consejo: es un@ presumid@ incorregible.
En un par de rápidas zancadas me planto a sus espaldas. No me detengo a observar su reacción, sé que esto le gusta: la cojo en brazos y la llevo al sofá.
Al arrojarla sobre los mullidos cojines Ludmilla debería lanzar esa carcajada franca e incitante que hemos compartido tantas veces.
Pero esta vez no lo hace, en su lugar se alza como una tempestad. Me mira con los ojos muy abiertos e intenta poner espacio entre los dos.
–¡Quieto! ¡He llamado a la policía!
Río, y creo que la risa la perturba aún más. Acabo de recordar que no he abierto mi router a las IDs amigas. Ludmilla no sabe quién soy.
Emito la señal. Soy AS9811101667.
No. Un momento.
AS9811101667.
No puede ser. La ID es errónea.
–Ludmilla…
–¡La policía no tardará en llegar! –repite.
Intento decirle algo, extiendo uno de mis brazos hasta ella pero no obtengo respuesta. No hay nada en esos ojos que indique que me ha reconocido.
Escucho en la lejanía el aullido de una sirena. Me acerco a la ventana e, impotente, observo cómo se aproxima un coche de policía.
–Ludmilla ¿recuerdas el día en que nos conocimos? Me colé en el supermercado, me dijiste que era un “imbécil grosero” y, al día siguiente, nos encontramos en el ascensor de casa: vivíamos en el mismo edificio y ni siquiera lo habíamos sabido hasta entonces.
–¡Cállate! –me grita, arrojándome una lámpara. Sus ojos quieren derramar lágrimas pero no pueden. Su mente es incapaz de afrontar lo que cree imposible: que una ID desconocida sepa algo de su vida íntima.
Más sirenas acuden a la llamada. Sus faros iluminan los rascacielos con su danza de colores rojos y azules. Posiblemente no me quede mucho tiempo, la policía es de las pocas cosas que funciona bien en este mundo.
Saltan las alarmas. Su penetrante aullido me desquicia. Me tapo los oídos intentando bloquearlas pero el sonido no procede de ninguna sirena, se produce directamente en mi cerebro. Lo ha implantado ahí la policía.
–NO SE MUEVA, ESTÁ USTED DETENIDO –repiten una y otra vez.
–Ludmilla… –suplico, pero sólo consigo que se refugie tras el sofá.
En el piso reina un total silencio pero en mi cabeza estallan los avisos. Todos los recuerdos de mi vida están siendo cerrados y un rutilante aviso de “ACCESO DENEGADO” se clava en mis retinas cada vez que opongo resistencia. Me llevo las manos a la cabeza mientras lo que yo soy se esfuma ante mi impotencia. Poco a poco, conforme mi desorientación va en aumento, me dejo llevar. Sé que unos segundos atrás recordaba los amigos de la infancia, el plato preferido de Ludmilla o la alineación completa de mi equipo de fútbol. Ahora todo eso se ha ido y en poco tiempo más ni siquiera recordaré haberlo recordado.
Mi rodilla derecha cede y caigo al suelo. Intento levantarme. Ludmilla está ahí, mirándome con una mueca de disgusto. No sé por qué, tal vez sea porque no la he llevado de vacaciones a China como le prometí.
El ruido, ese ruido. Alguien debería apagarlo. No sé dónde estoy, ni qué hacen esas letras rojas en mi cabeza. Hay una señora frente a mí. Le agarro el pantalón, intentando transmitirle que me ayude pero sólo logro que huya espantada.
Vuelvo a caer. Las luces rojas se apagan. Unos señores con trajes negros irrumpen en la habitación.
Le doy a este relato
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