El Sonajero Mágico
Tamara Osuna Gonzalez - Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 60 puntos (VOTAR)
 
Cuando Mario nació su madre supo al verlo que sería un niño muy despierto.
Apenas tenía unos seis meses cuando su abuela le regaló un sonajero de colores, que al niño le gustó mucho.
Su sonajero le acompañaba a todas partes.
Fue creciendo y el sonajero seguía con él.
Al cumplir los tres años su imaginación y su sonajero le hicieron vivir mil aventuras, y aquí comienza la historia de Mario y su sonajero mágico.
1. El castillo flotante.
Mario, que estaba sentado en el sofá del salón de su casa, agarró fuerte su sonajero y con su imaginación se transportó a un mundo nuevo, a un precioso y enorme castillo flotante. Todo estaba en su imaginación pero para él era real.
Voló y voló hasta llegar a la tierra que rodeaba al gran castillo.
Con sus pequeños piececitos dio pasos enormes hasta que llegó a la entrada de aquel precioso castillo, del color del chocolate, el dulce preferido de nuestro amigo Mario.
Sus pequeños y menudos dedos tocaron la puerta del castillo y ésta se abrió, muy lentamente. Su mano quedó totalmente manchada de chocolate.
Se llevó la mano a la boca y se chupó todos los dedos, como un niño pequeño y goloso que era.
Siguió andando y miró todo a su alrededor. Con su enorme sonrisa de oreja a oreja, el pequeño miraba todo embobado.
Las nubes eran algodón de azúcar, los ríos de gelatina, todo en aquel maravilloso castillo, salido de la imaginación de un niño pequeño, era muy dulce.
Y él se sentía el rey, mejor dicho, era el rey.
Las frutas hablaban, los animales también.
Todo era como los dibujos que él veía en la televisión, muy fantasioso.
La imaginación de cada niño es diferente, la mayoría de los niños de su edad anulaban su imaginación para jugar a los videojuegos, pero la imaginación de Mario era especial. Sabía que su sonajero era mágico, que le hacía ir a lugares a los que nadie iba, que lo protegía por las noches de las cosas malas e incluso que a veces le servía de micrófono o porque no, para pegarle con él a algún compañero del cole cuando se peleaba, bromeando, como si fuera una espada.
Nadie cambiaría lo que Mario pensaba, nadie, nunca.
Ahora, en su castillo flotante, le servía como cetro, el cetro de un pequeño pero a la vez gran rey.
Su sonajero mágico era su más preciado tesoro, era su amuleto. Y sin embargo él sabía que no podría llevarlo encima por mucho tiempo más.
Se paseo por su reino y habló con todos los animales que pudo, algunos estaban flotando. También habló con los árboles y con muchos otros niños y bebés.
Un bebé le llamó en especial la atención, ya que nuestro pequeño rey se lo imaginaba, quizás como un cacahuete, porque estaba acurrucado en una manta en la forma de los cacahuetes que le pelaba su madre.
En su mundo no había mayores, pero tenía que volver con su mamá.
Agitó su sonajero y en poco tiempo vio a su mamá que venía a cogerlo porque se había caído del sofá…
Pronto viviría otra aventura…
Le doy a este relato
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