Desde las altas montañas donde Máximo practicaba con su espada, se podía contemplar la enorme llanura donde estaba situado el pueblo de Kenkar. Un lugar donde narraban leyendas sobre una diosa de cabello cobrizo y de piel tan blanca como la luna, que hechizaba a los habitantes y los conducía hacia un peligroso abismo.
Esas historias hacían enfurecer más a Máximo, e incluso llegaban a incitarlo a desafiar a esa diosa que tanto miedo había creado en el pueblo. Sí, eso le hubiera gustado y así podría ver si realmente existía aquella historia tan burda que rondaba continuamente por Kenkar, se dijo.
Levantó su espada en alto y con sus enérgicos movimientos atacando a un enemigo invisible logró desprenderse de la rabia contenida por la última batalla en aquel pueblo. Una lucha interminable, sangrienta, contra enemigos implacables. Y juró, juró varias veces vengarse por sus seres más queridos, yacidos muertos en su misma casa. Pero en ese instante, mientras recordaba esos macabros pensamientos, Máximo se quedó inmóvil, un sudor frío recorrió su columna vertebral avisándole de un peligro inminente. La espada cayó al suelo. Su penetrante mirada observó, que frente a él, una silueta se movía. Parecía como si el viento tomara forma y color. Las nubes del cielo se encapotaron en lo alto de la montaña cubriendo por completo el despejado cielo, y entonces… sucedió.
―Ven, guerrero, ven hacia mí… ―la dulce voz de un espectro profundizó en la mente de Máximo pretendiéndolo embelesar. Pero este no se dejó vencer por la cautivadora voz.
―Sé quién eres, Nemon. Pero me temo… que conmigo no conseguirás llevarme hasta tus confines más sagrados ―le contestó Máximo cogiendo con rapidez la espada y alzándola.
―No, Máximo Mctils, no soy la que nombras ―el eco de las palabras retumbaron en su cabeza como un cacerolazo ―. Soy Àine, diosa del mar y el cielo. ¡Arrodíllate! ―la diosa gritó y consiguió que él doblara las piernas en contra de su voluntad y se postrara ante ella.
Máximo no se creía lo que estaba sucediendo. No podía mover ni un músculo de su cuerpo, nada, ni siquiera le permitía hablar. Entonces, aquel espectro se le apareció delante de él tomando forma y cuerpo de una hermosa mujer.
¡Por todos los dioses, era la bella mujer que se le presentaba todas las noches en sus sueños! Gritó interiormente. Sí, era ella. Su rostro inmaculado era la de un ángel, su piel aterciopelada la sentía como si ella estuviera tocándolo, unos ojos tan verdes como esmeraldas que lo observaban entusiasmados, una ágil sonrisa que lo transportaba a un lugar mágico donde sólo existían ellos dos…
―Teine talamh uisge gaoth, concededme vuestra energía ¡¡soy la hija del mar!! Haced de Máximo el guerrero de la paz y… ¡para siempre!
Todo sucedió en pocos minutos. El cuerpo de Máximo se cubrió de una fuerte coraza dorada con el sello de los dioses grabado en su pecho. Los brazos cubiertos por una gruesa cota de malla, los movía ágilmente sin ningún esfuerzo. Una afilada espada, del mismo color de la armadura, pendía de una vaina de piel sobre su cintura.
―Mi guerrero… ―La diosa arrastró las palabras intentando seducir a Máximo. Este, irguió su cabeza. Aún no podía creer aquello, pero sus sentidos le indicaban lo contrario.
―Eres tú, el sueño que nunca hallaba ―Máximo contempló la hermosura que estaba frente a él. Necesitaba tocarla, sentirla, parparla para saber si existía.
Ella sintió su deseo y se acercó. El tiempo se paralizó ante ellos. La desesperación de Máximo por besarla no se interpuso. Àine logró que su cuerpo sintiera la gracia del nuevo guerrero besándolo apasionadamente. Ambos se fundieron en una persona. Diosa y humano unidos por unos lazos invisibles que se convirtieron en una realidad. |