Después del ocaso
Anabel Botella Soler - Romance - 0 Comentarios - Puntuación: 0 puntos (VOTAR)
 
Carol cerró los ojos para no ver cómo el amor de su vida exhalaba su último aliento. Sus manos permanecían entrelazadas, sintiendo cada uno los latidos del otro. Poco a poco los latidos de él se fueron extinguiendo. Se sentía tan desamparada sin ese amor que la había hecho vibrar como nadie, que creyó morir cuando Paul se abandonó en el sueño eterno. Paul no pretendía marcharse de su lado, pero Carol no deseaba seguir siendo una egoísta; no, si Paul quería descansar de una vez por todas. Y Paul había llegado hasta el límite de lo que podía aguantar cualquier ser humano. Había sufrido como nadie, y todo, por no abandonar a Carol en este mundo que la había tratado tan mal. Carol se había acostumbrado tanto a él que no podía imaginarse un nuevo día sin su sonrisa. El desconsuelo le oprimía el pecho y unas lágrimas punzantes recorrían sus mejillas. Entonces cayó de rodillas y hundió la cara entre sus manos. Alguien la levantó del suelo mientras ella balbuceaba su nombre y dejaba escapar unos sollozos ahogados. El viento la azotó con fuerza, arrancándole sus últimas esperanzas. Su sueño se desvanecía en aquella habitación de hospital. Una enfermedad, catalogada como extraña, porque nadie supo determinar qué mal le aquejaba, y que lo tuvo postrado durante más de tres meses entre intensos dolores, había despojado a Paul de su fuerza, de su vitalidad, pero no así de su belleza. La muerte jamás podría arrebatarle sus recuerdos, sus besos, sus caricias y en definitiva, todo él. Carol se maldijo una y cien veces por no ser ella la que se marchara al otro lado, pues sabía que su vida no tenía sentido sin el sabor de sus labios. Hasta que Paul no llegó a su vida, Carol no había conocido la verdadera felicidad. Sin embargo, desde aquella mañana en que conoció a Paul, Carol no había podido pensar en otro hombre que no fuera él. Aún podía oler su aroma; hasta juraría que podía sentir la calidez de su mano en su mejilla. Carol abrió los ojos para despedirse de Paul. La luz del ocaso iluminó el rostro de Paul. Carol tuvo el deseo de besarle una última vez. Se estremeció cuando sus labios se rozaron. Incluso sintió que Paul sufría un pequeño escalofrío. Alguien la cogió de los hombros, pero ella se resistía a abandonar aquella cama. Se le veía tan frágil que lloró por no estar al lado de Paul en su último viaje. Detrás de ella se escuchaba el llanto apagado de Mary, su madre. La habitación se oscureció por unos instantes. Carol creyó ver una sombra negra alrededor de Paul, seguida de una carcajada siniestra. Carol agudizó el oído porque, al parecer, aquel sonido escalofriante sólo lo había escuchado ella. Algo atravesó su cuerpo. Un sudor helado le recorrió la espalda, acompañado de una caricia furtiva. Dio media vuelta, asustada. Podía haber jurado que Paul estaba junto a ella, aunque eso escapaba a toda lógica. Nuevamente algo acarició su espalda. Carol se quedó sin aliento y sus mejillas se ruborizaron. Buscó con la mirada algún indicio de que aquellas caricias no eran producto de su imaginación. Conocía perfectamente los dedos de Paul, la suavidad de sus manos, la delicadeza con la que la trataba. Sus labios temblaban al intuir que Paul estaba más cerca de ella de lo que hubiera pensado.

-Te amaré siempre, incluso más allá de la muerte –le susurró Paul al oído.
Carol asintió. Abrió los ojos de par en par, y su respiración se volvió entrecortada. Después de esa sensación, que no sabía cómo describir, su cuerpo sufrió una repentina convulsión. Tembló de puro miedo. Sintió la fuerza de unas garras que le oprimía el corazón, hasta el punto de arrancárselo del pecho. Se llevó una mano para aliviar el dolor.
-Déjala –escuchó perfectamente la voz de Paul-. Ese no era el trato.
-¿Paul…? –Carol lo buscó con la mirada.
“¿De qué estaba hablando Paul?”, se preguntó Carol con un nudo en el estómago. “No entendía qué quería decir con aquellas palabras”. Su pulso comenzó a acelerarse. “Además, ¿con quién demonios estaba hablando Paul”. Todo aquello le parecía una locura, o peor aún, una fantasía que se había creado porque se resistía a que Paul se marchara de su lado.
Una energía invisible la arrastró fuera de la habitación. Carol salió al pasillo del hospital sin saber muy por qué, aunque tenía la imperiosa necesidad de hacerlo. Al final de aquel interminable pasillo observó una luz radiante. Una sombra oscura ocupó su campo de visión. Trató de zafarse de esa presencia maligna que la tenía paralizada de pies a cabeza. Ladeó la cabeza y entonces sus miradas se entrecruzaron. Carol necesitó menos de medio segundo para reconocer a Paul. Sin duda era él. “Pero, eso no podía ser. Los fantasmas no existían, y menos en el mundo real”. La sombra se materializó en un cuerpo y la miró con avidez. Sus ojos, inyectados en sangre, recorrieron su figura como el trofeo que ansiaba. Paul derribó a ese ser maligno que se interponía entre Carol y él. El cuerpo de esta sombra quedó desparramado en miles de gotas negras en el suelo blanco del pasillo.
-Huye, Carol –le dijo Paul mientras Carol lo veía alejarse hacia la luz.
-Paul, espera –gritó con desespero-. Deja que me vaya contigo.
Carol comenzó a correr para alcanzar a Paul, pero por mucho que corriera, él avanzaba mucho más deprisa. El pasillo parecía no acabar nunca. Una mujer joven se cruzó en su camino, y antes de que Carol pudiera reaccionar, atravesó su cuerpo incorpóreo. La mujer se giró hacia ella de malos modos.
-¡A ver si miras por dónde vas! –le espetó, propinándole un empujón que Carol no percibió porque el fantasma de la mujer la traspasó sin ningún problema.
-¡Ay, Susan! ¡Deja a la muchacha en paz! –Carol escuchó la voz de un hombre que se disculpaba por los malos modales de la mujer. Venía a la carrera por el largo pasillo-. No te preocupes por Susan, ella no tiene malas intenciones. Lo que pasa es que aún no se ha acostumbrado a su nueva situación.
-Lo siento, no era mi intención…-Carol dio media vuelta para disculparse, a su vez, con la mujer. Comenzó a ver varios fantasmas acercándose a ella y comentando que ella era la que acabaría con Allerghain, la sombra que robaba las almas de las parejas felices.
-Eso decís todos –gimió la mujer-. Nadie nos tiene en cuenta.
-De verdad… no era mi intención…
-Shhh, Susan… no hables muy alto, que te va a escuchar ¿Es que no sabes quién es ella? –Inquirió el hombre que se había disculpado con Carol-. Tenemos que alejarla de Allerghain…
-Pero yo –interrumpió Carol. Unos siete fantasmas la acorralaban, inspeccionando la chica de la que hablaba la leyenda-, creo que os equivocáis. Yo sólo quiero estar junto a Paul. Dejadme en paz…
De repente las luces del hospital se apagaron y los fantasmas que había junto a Carol se aproximaron a ella. Carol percibió un frío inusual para esa época del año. Estaban a mitad de agosto y los termómetros habían alcanzado los 39 ºC ese día.
-¡¡Tim, hay que darse prisa!! –Exclamó Susan-. Ha conseguido reagrupar sus pedazos.
Los fantasmas comenzaron a tirar de Carol por el pasillo en dirección a la luz. Carol tropezó con una enfermera y cayó al suelo de bruces.
-Lo sentimos… lo siento -dijeron varios fantasmas y Carol a la vez.
-Debería ir con más cuidado por la vida, señora –añadió Susan-. ¿Acaso no ve que tenemos prisa?
-¿Te has hecho daño? –preguntó la enfermera.
Carol negó con la cabeza y se levantó como pudo, desasiéndose de la ayuda de un médico que había acudido para ayudarla. Carol no podía apartar la mirada de la luz que se cerraría una vez que Paul la atravesara. “Maldita sea, Carol, no puedes quedarte atrás”, se dijo entre dientes. “Lograré llegar antes de que esa luz se lo trague”. El destino había jugado con ellos, encaprichándose del amor que se profesaban Paul y Carol. Varias manos hicieron el esfuerzo de agarrarla de las axilas, alzándola del suelo e impulsándola para acercarla hasta Paul. Los pies de Carol apenas rozaban el suelo. Ella miraba hacia todos los lados, pero nadie parecía percibir ni su presencia ni la presencia de los fantasmas que la llevaban en volandas.
-No te marches sin mí –gimió Carol.
Paul se detuvo antes de cruzar al otro lado. Los fantasmas la posaron en el suelo. Paul se acercó a Carol. La luz que había detrás de Paul brillaba con tanta fuerza, que arrancaba pequeños destellos dorados a su forma incorpórea. Carol palideció ante semejante imagen. Paul estaba más guapo que nunca. Él le sonrió con ternura y ella alargó su mano para acariciar su mejilla. Paul se inclinó sobre ella y posó sus labios sobre los de ella. Carol tembló. Había sentido el aliento fresco de Paul, y entonces ambos suspiraron cuando sus labios volvieron a encontrarse.
-¿Piensas que voy a dejarte marchar sin más? –Le preguntó Carol-. Me debes una explicación.
-No nos queda otra opción –soltó él acariciando la melena de Carol-. Créeme, es lo mejor para los dos.
-¿Lo mejor para los dos? ¿Por qué decides por mí? Deja que sea yo quien decida qué quiero hacer…-las palabras salieron de su boca atropelladamente.
-Carol, por favor, no puedes seguirme. Adonde me dirijo no hay sitio para ti. No soportaría verte allí –Paul puso su dedo índice rozando su boca.
-Pero es que no yo podría dejarte aunque quisiera… -contestó Carol, aturdida.
Un gemido pausado, y cada vez más insistente, les llegaba desde atrás. Carol se giró sobre sus talones. Los fantasmas ahogaron sus gritos y se perdieron entre las paredes del pasillo. Carol buscó con la mirada los ojos de Paul para averiguar qué estaba pasando. Él se encogió de hombros. Un hombre caminaba hacia ellos. Una luz negruzca llenaba de sombras la figura traslúcida de Allerghain. Carol pudo entrever que los ojos de Allerghain venían cargados de odio. Esos ojos siniestros hicieron que se le erizara la piel. No podía apartar la mirada de aquel cuerpo que avanzaba con un cuchillo dorado entre sus manos. El hombre cogió del cuello a Paul, lo levantó y terminó lanzándole hacia la luz que brillaba con intensidad.
-Nooo. Déjale en paz –la voz de Carol atronó en mitad de aquel pasillo de hospital. En un momento de lucidez rezó a Dios y pidió ayuda a todos los ángeles del cielo. Los ángeles debían existir ya que tenía delante a un demonio.
El hombre le respondió con una sonrisa estentórea. Carol se estremeció, pero se dirigió al hombre con determinación. Estaba claro que Paul no podía presentar batalla porque su cuerpo estaba consumido, pero ella no tenía miedo a enfrentarse a la muerte. Sacó una cadena que llevaba colgada del cuello, con una placa de plata que rezaba: Ni la muerte nos podrá separar. Juntos para siempre, en la eternidad. Mi corazón sólo te pertenece a ti.
-No te lo puedes llevar. Su corazón me pertenece –gritó Carol.
Un médico se acercó hasta ella. Carol rechazó con el gesto de su mano la ayuda que le brindaba el médico.
-Es una pena que nadie vea lo que ocurre, ¿verdad querida? –dijo entre dientes Allerghain.
Del techo surgieron unas luces doradas que se colocaron junto a Carol. Sin saber por qué, Carol suspiró aliviada. Sonrió al saberse que la ayuda que había pedido había llegado en el momento oportuno.
-La chica tiene un contrato –dijo un chico joven con alas que había a la derecha de Carol.
-Gabriel –respondió Allerghain arrastrando las palabras-, esto no os incumbe.
-Sí, sí que nos incumbe. Somos el ejército del Señor, y damos fe de que ese contrato que firmó Paul contigo no tiene validez –le informó el ángel que había a su izquierda-. Él le pertenece a ella.
-Maldita sea, Zadquiel. Esto no es un juego –silabeó Allerghain-. Él es mío –les mostró la palma de su mano con la firma de Paul tatuada a fuego. Soltó una carcajada tan estremecedora que Carol tuvo que ser sujetada por los ángeles para no caer al suelo.
-No, no tiene validez si Paul firmó antes un contrato con Carol –el ángel que estaba detrás de Carol cogió la mano de ella para mostrársela a Allerghain.
-No conseguiréis arrebatármelo, Rafael –gruñó Allerghain.
Para asombro de Carol, la palma de su mano mostró unas letras tatuadas en rojo.
-Pero… ¿cómo es posible? –musitó Carol sin poder salir de su asombro.
-Tu contrato es posterior al que Paul le hizo a Carol…
Las luces del hospital titilaron unos instantes, y después brillaron con tanta intensidad que Carol tuvo que cerrar los ojos para no quedar deslumbrada. Oyó un grito que parecía salir de los mismísimos infiernos. Allerghain se transformó en un monstruo de más de tres metros de longitud. Llevaba una coraza que le protegía medio torso. En una mano llevaba un látigo y en la otra llevaba el cuchillo dorado, que se convirtió en una espada. Sus ojos se habían convertido en dos pozos oscuros y sin vida. Su boca recordaba a las fauces de un león. Allerghain rugió de rabia y chasqueó el látigo con furia. Alzó su espada por encima de su cabeza y realizó un gran arco en el aire para alcanzar a Rafael, el ángel que se interponía entre él y Carol. Rafael paró su envite con un movimiento de espada. Allerghain soltó inmediatamente la espada y soltó un aullido de desesperación. Zadquiel y Gabriel se colocaron junto a Rafael.
-Sabes que no tienes nada que hacer –dijo Rafael con calma.
-No, él me pertenece… -Allerghain se quedó sin habla y se llevó una mano al pecho. Miró hacia abajo. Una luz dorada le atravesaba el corazón. Cayó de rodillas y Carol sacó la espada que le había partido el corazón en dos.
-No, te equivocas, Paul no te pertenece a ti. Él es mío –respondió Carol antes de que Allerghain cayera al suelo y los ángeles se llevaran su cuerpo sin vida.
En mitad de aquella pelea, Carol no vio cómo llegaba hasta ella Paul. Carol tuvo que sujetarse a la pared para no caer redonda al suelo. Paul mostraba unas terribles ojeras y un rostro macilento, pero con una sonrisa tan hermosa, que Carol se abrazó a él con lágrimas en los ojos.
-¡Has regresado! –exclamó ella.
-Ahora ya no podría dejarte aunque quisiera. Ni siquiera la muerte nos puede separar –respondió Paul abrazando a Carol para no soltarla nunca más.
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